Diario de León
Ana Gil
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León

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Vamos por la vida como locos. El motivo no lo tengo claro, pero es una realidad. Quizás la irrupción de las nuevas tecnologías ha tenido algo que ver y, por supuesto, ese absurdo afán del ser humano por dejarse llevar.

Nos pasamos la vida corriendo de un lado para otro, mirando el reloj, acelerando el paso sin saber muy bien a donde queremos llegar. El por qué de tanta prisa. Y en este absurdo ir y venir se nos olvida parar para pensar, para reflexionar sobre la esencia de las cosas. Y mientras tanto, se nos pasa la vida y se nos escapan los detalles, esos que la hacen única. Cuando queremos darnos cuenta ya es demasiado tarde.

Comenzamos levantándonos sobresaltados con el sonido del despertador (uno de los sufrimientos más innecesarios que conozco) para, casi sin abrir los ojos, meternos en la ducha y desayunar cualquier cosa sólo para meter algo en el estómago, aunque sea de pie. Llegamos al trabajo a la hora justa, después de varias carreras para, por ejemplo, llevar a los niños al colegio. Comemos deprisa, que hay que seguir, vamos a la compra si queda un hueco, hacemos las (innumerables y desagradecidas) tareas de casa una y otra vez. Siempre las mismas. Cenamos ya casi sin energía, si hay suerte tenemos un rato en el sofá observando pasivos el bombardeo de la televisión y luego a la cama, que hay que dormirse rápido porque sólo quedan unas horas para volver a empezar. Y, entremedias, tantas otras cosas.

Siempre con prisa, queremos todo para ya, cuanto antes. No nos gusta esperar la cola del supermercado, ni aguardar el paso del rojo al verde en el semáforo, queremos el siguiente turno en el banco. Nos molesta casi todo. Y a pesar de tantas carreras muchas veces tienes la sensación de no haber hecho todo lo que debías. Eso si, siempre con el teléfono móvil en la mano, siempre conectados, siempre disponibles, no vaya a ser que nos perdamos algo. Y como todo el mundo corre, nosotros también. Y, con tanta carrera, se nos olvidan las cosas importantes. Las conversaciones sin intermediarios tecnológicos, el necesario silencio para poner en orden la mente, el disfrute de esas cosas que nos parecen pequeñeces y que nos pasan desapercibidas, aunque suelen ser las que merecen la pena de verdad. Todo lo demás importa, pero no tanto.

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