cuerpo a tierra
De la barbarie
Lo estamos viendo a nuestro alrededor, así que no hace falta que los pensadores vengan a enunciarlo en algún ensayo con neologismos refulgentes para ideas sin brillo: la humanización aún no ha superado el impulso reptiliano de la depredación oportunista, como especie somos capaces de abstracción y filosofía pero muchas veces continuamos actuando bajo el impulso salvaje del raquis. Sólo así pueden entenderse algunos de los hechos bárbaros que nos ha presentado la realidad en las últimas fechas. Y cuando digo la realidad no me estoy refiriendo a ninguna de esas series que ahondan hasta el empacho en los bajos fondos de la mente humana, sino a nuestro alrededor, a nuestro entorno próximo, donde la aparatosidad de la sangre no es un simple atrezo ni las lágrimas, palabras escritas en un guion. Niños salvajemente asesinados por sus progenitores, hordas de violación cuidadosamente planificadas, diarias agresiones de pareja. Un poco más allá, en la esquina por la que se doblan los mapas, la violencia pierde su carácter personalizado y se vuelve incivil e industrial, con hospitales y escuelas bombardeadas. ¿Nos hemos vuelto locos o solamente estamos tratando de matar lo mejor de nosotros?
Porque no hay lugar para otra explicación. Ni tan siquiera para un no pacifista, es decir, un descreído de esa fe por la cual cualquiera hace mal en luchar. Son ya demasiados los estragos y ruedas de molino que se nos han hecho tragar con el argumento de la guerra justa, la democracia universal y la paz mundial. Bombardeando a enfermos o asfixiando a niños (y un solo caso es mucho, cuando de barbarie hablamos), ¿se cumplen objetivos militares o vitales?
Stendhal pudo escribir Rojo y negro tranquilamente en su hogar mientras a su alrededor se desarrollaba una guerra. En el siglo XIX todavía los conflictos bélicos sucedían entre ejércitos de encontradas facciones, sin ensanchar sus aspiraciones hacia la parte civil de la población. Era, en este sentido, un mundo mucho más civilizado que el nuestro, pese a nuestras bombas dirigidas y georreferenciadas por satélite, pese a nuestra tecnología «superior». La vida, convertida en estadística, que es una panorámica contemplada siempre desde muy lejos, viene a dar en daños colaterales y bajas asumibles. En indiferencia. La vida deja de tener valor. Tal vez nunca lo tuvo y siempre hemos sido así: codiciosos y abusones, pequeños matones en el patio de colegio que representa la tierra entera. Los saurios no extintos.