león en verso
Subversivos
A sí que no más de un dos por ciento de la población leonesa fue rondada la última semana, según una encuesta a pie de escenario que realizó Rodrigo Cuevas, fenómeno del otro lado del Pajares. Rondar, en toda la extensión del término, como gesto de que canten al balcón sin fines comerciales, aclaró el ovetense que irrumpió la otra noche como un cañón frondoso en mitad de las fiestas patronales de León. No empezó la flamenca Kate Ryan a desenvolver la partitura del su Desenchantée en la plaza Mayor cuando el ovetense ya había encendido tres veces al gentío en San Marcelo. Poca gente puede ganar a un asturiano en una competición de espabilados. Cuevas cautiva a cuenta de empujar a la concurrencia al catastro para saber de los parajes donde quedó enterrada la memoria de los abuelos entre sebes y muros de piedra y tras conocer por medio de otra encuesta a mano alzada que actuaba para una multitud con fincas que no sabe donde las tiene. De otra forma, ganancia para la Junta, advirtió el artista en un respiro de esa puesta en escena fascinante, que lo mismo emplea para emprender un recorrido nostálgico a la luz del cigarro que lleva al molino por las ruinas de los acuíferos de Rodiezmo que reventó la tuneladora y la prisa por la alta velocidad, o en el derroche de talento que invierte en el Embrujada, de Tino Casal, con el desempeño fastuoso que requiere el momento; en el show llueven vaqueiros en noches estrelladas de luna llena, vaqueros de alzada, de los que suben al puerto con las últimas lluvias de primavera y bajan con las primeras del otoño (vale más un vaqueiro que veinticinco aldeanos), vaqueiros de antebrazos bronceados que contrastan con el torso desnudo y atrevido del artista, que hilvana como un poeta, narra como un profeta y encala el alma de nostalgia. El repertorio de Cuevas rebosa de empatía; si no, de qué iba a lograr que miles de leoneses se pusieran de acuerdo en acompañarse a coro con el soy de Verdiciu, nací en la arena del cabo Peñas; en León, que tampoco tiene tocino pero le sobran gabitos para colgar; en León, que sólo se arranca a cantar en compañía en el Gloria de las misas de Pascua. Rodrigo Cuevas no se dio importancia; presentó a la banda, dio las gracias y abandonó el escenario; ajeno al terremoto que originó en el empedrado leonés; donde silbar también es el gesto más subversivo después de cantar.