Diario de León

EL CORRO

Un antes y un después en el PP

Publicado por
PEDRO VICENTE
León

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A estas alturas nadie duda de que ese censo de casi 870.000 afiliados del que ha venido presumiendo durante años el PP era una absoluta ficción. Uno de los candidatos, el exministro García Margallo, lo ha calificado de «espejismo» y nadie del partido con responsabilidades se ha molestado en desmentirlo. En realidad, era algo sabido desde hace tiempo, concretamente desde que el sistema de primarias con red aprobado en el anterior congreso nacional se estrenó con ocasión de los posteriores congresos autonómicos y provinciales. En Castilla y León, sin ir más lejos, comprobamos con sorpresa que, pese a la intensa movilización de los aparatos provinciales, tan solo se inscribieron para participar 6.819 de los mas de 50.000 supuestos afiliados al partido en esta comunidad. Y otro tanto sucedió en los demás congresos autonómicos.

Con tales antecedentes, era evidente que procedía una puesta al día del censo, aunque ello pasara por reconocer que el número real de afiliados interesados en participar en la vida interna del partido se redujera a una mínima parte de los declarados. Pero Rajoy gobernaba sin agobios y nadie contaba con que la sucesión tuviera que decidirse de la noche a la mañana a partir de ese censo y de forma no tutelada por él. De suerte que se ha pasado del tradicional dedazo a una confrontación abierta entre seis candidatos, tres de ellos con aspiraciones reales de presidir el partido.

En un país en el que la democracia interna de los partidos sigue dejando muchísimo que desear, y muy especialmente en el PP, no puede por menos que resultar harto saludable que, por primera vez en su ya dilatada historia, el partido más votado en las últimas elecciones generales deje en manos de sus afiliados la elección de su líder. Con todas sus limitaciones, y aunque solo sean 66.000 los que se han inscrito para votar, es un paso adelante que marca un antes y un después.

El alarmismo según el cual el experimento puede quebrantar la unidad interna y disgregar al partido responde a una mentalidad predemocrática. Las tensiones y diferencias internas son consustanciales a la propia naturaleza de las formaciones políticas y no existe mejor forma de dirimirlas y encauzarlas que someterlas al veredicto de la militancia. En contra de muchos pronósticos, el PSOE no solo sobrevivió a la guerra —fratícida y cainita hasta decir basta— de sus últimas primarias, sino que el candidato denostado por el aparato reside hoy en La Moncloa.

El problema del PP no es que se haya visto abocado a celebrar primarias. Todo lo contrario. Es lo mejor que podía suceder si quiere dotarse de un liderazgo con suficiente legitimidad para afrontar una catarsis regeneradora que con Rajoy constituía un imposible metafísico.

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