cartas al director
En recuerdo de José Luis Argüello
A las diez de la noche del pasado día 11 recibí en mi teléfono móvil una llamada. Se trataba de mi amigo José Luis Argüello. La pantalla del mismo así lo delataba. Cuando pensaba iba a encontrarme con la poderosa voz de José Luis, me topé con la temblorosa voz de Blanca, su esposa, que llorando a lágrima viva, me comunicaba que su esposo había emprendido un largo viaje. Su corazón le había mostrado la tarjeta roja. Dramático pero real.
El estupor de la noticia me dejó helado, y decidí dedicarle un ínfimo homenaje póstumo en forma de carta. Reconozco que soy parcial, pero suscribo, letra a letra, todo su contenido. Conocí a José Luis allá por los años 90. Manteníamos una tertulia en las mañanas de los sábados y domingos en la cafetería Peregrino sita en la plaza de San Marcos. Rafael Díez, Felipe Gordón y esporádicamente su hijo Luis Felipe, el propio José Luis y quien esto suscribe.
Allí me di cuenta de las cualidades que atesoraba el amigo José Luis. En primer lugar tengo que recordar que fue un estudiante modelo en la etapa del bachillerato. Salvó sin problemas las pruebas de madurez con nota muy alta, y accedió a la Licenciatura de Veterinaria en nuestra Facultad en León. Su brillante expediente culminó con el otorgamiento de la misma. No contento con ello defendió el doctorado y logró alcanzar el título de forma sobresaliente. Tiene acreditados numerosos artículos en su especialidad y ha formado parte de numerosos congresos, impartiendo conferencias tanto en España como en países iberoamericanos. Ocupó puestos de máxima responsabilidad en un afamado laboratorio radicado en nuestra ciudad. Fundó posteriormente una empresa al uso y logró, pasado un tiempo prudencial, a su venta, dedicándose, hasta esta fecha fatídica a echar una, diría yo todo el cuerpo, tanto en la empresa de trabajo temporal que regenta, Blanca, su esposa, como en la farmacia cuyo titular es su hija Carol.
Es difícil, por razones de espacio, concretar los aspectos positivos de este hombre. Seguro que habrá cometidos defectos, pero se empalidecen con sus grandes virtudes. Vehemente en las formas, pero con una cualidad especial como era saber escuchar. Cualquier tema que se sacaba a colación, estaba claro que él no tocaba de oído y daba datos concluyentes de sus asertos o sea, dando explicación de sus motivos. Si salía en la conversación la “política2, se explayaba en ella. Pero su amueblada cabeza le permitía opinar de fútbol, de arte, del mundo de los ordenadores, del complejo mundo de los asuntos jurídicos, de coches. En uno de mis últimos diálogos con él se mostraba preocupado por el desmontaje del rosetón central de nuestra Catedral y por el emplomado de sus afamadas vidrieras, casi como si fuera maestro en estas lides… Pero lo que le relajaba, sobre todo, era el mundo de la cocina y de los fogones. Era un consumado artista y su familia y sus amigos podemos certificar que dejaba pequeño al mismísimo Arguiñano, el de la cocina con fundamento.
El epílogo final se lo dedico a Blanca, mi más querida amiga. Estás destrozada. Lo comprendo. Has tenido un tropiezo pero esto no significa tu caída. Eres mucha mujer. Lo has demostrado tanto en tu esfera familiar, como en la profesional al frente de tu empresa de trabajo temporal que riges. Vas a contar con la inestimable ayuda de tu hija, Carol, que me da la impresión va dejar pequeño a su padre. Y con vosotras dos estará siempre Joseba, tu hijo político, y tus nietos los churumbeles, Loyola, Victoria e Íñigo. Muy pequeños pero que te van a dar satisfacciones a raudales. Tu legión de amigos, entre los que yo me encuentro, esteremos dispuestos a echarte un cable en todo aquello que puedas necesitar. Estoy seguro de ello.
Y, por último, José Luis, desconozco en qué parte del cielo habrás acampado. Te encontraré y tras el emocionado abrazo de rigor, me invitarás a mi descafeinado con leche y yo te agasajaré con tu cerveza sin alcohol. Hasta ese momento sólo puedo decirte que he perdido un gran tipo, pero he ganado un ángel.
Luciano Magadán Álvarez. león