Diario de León
Publicado por
ANTONIO MANILLA
León

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Las domesticantes diversiones de Internet (a partir de ahora internet) tienden a fijarnos al asiento pese a los móviles inteligentes, el tráfico de datos y la comodidad de contar con un carril bici que ya conecta la ciudad con los dineros subvencionados de Europa. El cable, la fibra y los canales de pago son el salón de pasos perdidos de nuestra época, esa habitación imprescindible para llegar a cualquier otra. Los grandes relatos que explican el cosmos, las firmes creencias, se desmoronan en un tiempo que no supieron prever las vanguardias ni anticipar las revoluciones latinochés: el siglo XXI será peligroso o no será, vale, pero al final se ha impuesto el deporte de sofá y las pasiones del homo zapping se reducen a navegar sin brújula ni timón por un mar de páginas, enlaces y mazmorras, sin salir de casa. No sé si hemos fetichizado la tecnología, pero desde luego no podemos ir a ningún sitio sin antivirus. Las esperas se acortan si tenemos un buen juego en el móvil y la batería en forma.

La industria cultural produce monstruos: masas informes, cortadas por el mismo patrón, público prêt-à-porter. No lo dice uno: Adorno y Horkheimer ya lo avanzaron hace un porrón de años: la cadena de montaje ha ahogado la espontaneidad creativa y la publicidad nos ha convertido de consumidores en mercancía. La banda ancha nos proporciona acceso sin cortes al aburrimiento global.

Pero a veces internet (a partir de ahora Internet) depara alguna maravilla que nos congracia con el tedio de los datos ilimitados. Ocurre, por ejemplo, cuando descubrimos una página como Skyline webcams y aprendemos a exprimirla con fruición. Las cámaras web, diría uno, son el catalejo contemporáneo con el que desde la isla particular de cada cual avistar esos lugares del ancho mundo que antes solo era posible imaginar, que probablemente jamás lleguemos a visitar y que ni siquiera habríamos conocido si no es por su intercesión en constante directo. Nuestra ensoñación se exalta, por ejemplo, con Polignano a Mare, ese Cudillero italiano incluso más curioso, donde el mar se postra con sus mareas a los pies de un pueblo. Como con un libro, viajamos sin movernos de nuestra imaginación. Y es un viaje que amenaza con no tener fin, porque siempre es de día en alguna remota costa, continuamente está anocheciendo en alguna hermosa esquina de la tierra.

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