Diario de León
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EL PODIO ANTONIO PAPELL
León

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L a espoleta de la detonación que echó a Rajoy del poder fue la corrupción, qué duda cabe, pero conviene dejar claro que el periodo en que el PP gobernó tras la anticipación electoral de Zapatero en diciembre de 2011 tuvo al menos tantas sombras como luces. La insensibilidad gobernante llegó incluso a decretar el final de la sanidad universal, un rigor simbólico que retrata la frialdad de quien tomaba tan inefable decisión, mucho más onerosa en lo simbólico que en lo material. Por otra parte, es evidente que el problema de Cataluña, que objetivamente se encalabrinó cuando prosperó el recurso del PP ante el TC contra el Estatuto de Cataluña de 2006, se ha ido complicando a partir de 2011, tras el fracaso de aquel nonato intento de diálogo anunciado por la entonces vicepresidenta Sáenz de Santamaría y la negativa de Rajoy de sentarse a negociar asuntos en los que, soberanía al margen, sí había margen de maniobra.

En definitiva, quien gobierne el PP a partir de ahora tiene que partir del reconocimiento de los múltiples errores cometidos, y ha de hacerlo con un programa realista de cambio y de transformación, de tesis capitalistas más compasivas que las utilizadas hasta ahora y con absoluto rigor interno en el asunto clave de la corrupción. No cabe decir que no es preciso debatir en el PP porque el programa ya está escrito.

Con todo, la opción alternativa a la línea Rajoy que representaría Sáenz de Santamaría no es, no puede ser, la línea Aznar que parece postular Pablo Casado. Quieres se fueron del PP con María San Gil y José Antonio Ortega Lara a la cabeza, una parte de los cuales crearon el ultramontano partido Vox, no pueden representar el futuro del PP, auspiciado por Aznar. Después de todo, aquella obscena boda faraónica de la hija de Aznar en el Escorial fue el símbolo de una etapa indecente de nuevos ricos dispuestos a exprimir al Estado en provecho propio, sin escrúpulos morales ni frenos estéticos. La simple nostalgia que parece perseguir a Casado por aquella época es sencillamente descalificante.

Por ello, a muchos nos gustaría ver en el PP un debate serio sobre hacia dónde piensa avanzar la derecha española, en un contexto europeo en que muchos valores conservadores han derivado hacia el populismo y el nacionalismo. No se trata de elegir entre Rajoy y Aznar —estaríamos apañados— sino de proyectar un futuro moderno, capaz de acordar con la izquierda algunos de los necesarios consensos de futuro.

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