Verano belga
U n coche blanco, grande, americano, avanza por el barrio de la Puebla de Ponferrada, que aún tiene el suelo de pavés. Un pavés irregular y gastado. El coche viene de León, ahora pasa delante del cuartel de la Guardia Civil; justo donde, hace poco más de veinte años, hubo una batalla de la guerra en la que murieron muchos mineros asturianos que habían llegado en tren. Hace bastante calor en esta tarde de julio. En alguna terraza de café, hay clientes. Que contemplan el automóvil en el que viaja Marcelo Jorissen, El Belga, el gran factótum de la mayor empresa carbonífera privada de España, la Minero Siderúrgica de Ponferrada. El coche se interna después por la calle Fueros de León y ya enseguida aparece en la gran plaza del poblado, con su suelo de grava blanca. Allí está el economato, con sus letras doradas y su olor a aceite. Al otro lado de la plaza, detrás de las acacias, está el hospital de la empresa: hace apenas unos minutos una ambulancia ha traído a un minero herido en una galería de Villaseca. Junto al hospital está la escuela, donde unos niños que han saltado la verja de madera, juegan a la pelota en el patio. Uno de esos niños soy yo. Que acabo de ver pasar el coche blanco del Belga.
El vehículo dobló hacia las oficinas de la MSP. El Belga subió a su despacho, frente al andén de la estación del ferrocarril minero. Luego miró la llegada del mixto que aparecía en Ponferrada a las seis menos doce minutos de cada tarde. Luego se sentó delante de su mesa de trabajo, pero para entonces los niños que le habíamos visto pasar estábamos de nuevo jugando, ahora por el pequeño parque que surgía donde terminaban los setos y los jardines primorosamente cuidados que formaban parte de los aledaños de las oficinas del Belga. Era un tiempo que parecía perfecto. Insondable, antiguo, ordenado. El tiempo de los veranos de los niños de la Puebla de Ponferrada. Cuando empezábamos a descubrir la vida, ya un poco de otra manera. Porque íbamos cumpliendo 7, 8, 9 años. Habíamos hecho la primera comunión, teníamos eso que se llamaba uso de razón. E imaginábamos que el Belga era muy rico, aunque tal vez no lo fuese tanto, porque no dejaba de ser un empleado. Ilustre, eso sí.
El Belga era una presencia misteriosa en aquellos veranos. Era el jefe de un reino de la industria extractiva. Y Ponferrada parecía un encuadre fabril de Amberes o de Charleroi. Con ruido de vapor de locomotora. Y ahora los niños se suben a sus bicicletas y se van a robar pavías a los huertos de los empleados de la empresa, pavías manchadas por el humo del tren que pasa al lado de los rosales y el tiempo. Entonces todo era verano, la vida entera, y no éramos más felices ni menos que ahora lo somos los que vamos quedando. Era otra cosa, entre épica y dulce. El tiempo infantil que nos visita en las tardes del verano. Con su película de luz amarilla.