Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Cuando adquirimos ropa barata o alimentos por debajo del precio medio, sabemos que nos están rebajando de alguna manera la calidad a la par que el importe. Es lo que ocurría, por ejemplo, con aquellas novelas del oeste que se cambiaban en los quioscos. Como lectura de batalla y libros de combate, aquellas publicaciones cumplían su cometido con dignidad menguante y sin engaño: no estaban destinadas a la biblioteca personal de nadie. Vivían y morían su vida efímera a propósito hasta acabar desencuadernadas entre las manos de su último lector. Fueron, sin ser producto perecedero como el pan o tecnología cibernética, objetos de obsolescencia programada, mucho antes de que a algún malhadado ingeniero se le ocurriera incluir fecha de caducidad interna en nuestros electrodomésticos.

La cada vez más extendida impresión digital, el acudir con un archivo maquetado en un pincho a una imprenta y salir con un número de ejemplares bajo el brazo, en la cantidad que deseemos, ha revolucionado el mundo de la edición, dando lugar al nacimiento de multitud de microeditoriales. Muchas de ellas se dedican casi en exclusiva a la edición bajo demanda, algo así como dibujar la diana alrededor del lugar donde aterrizó la flecha. El autor de pago ve su obra en las librerías —al menos en las más cercanas a su domicilio, la escasa tirada no permite mayor distribución— y se nos habla de democratización de la cultura, aunque uno ve más bien fetichismo por el libro como objeto, pues las redes ofrecen mejores métodos de difundir un texto. Para más inri, no es oro ni mucho menos todo lo que reluce. Al menos, para el consumidor final.

En la mayoría de los casos, la impresión digital no ha abaratado el precio de venta al público de los libros sino el margen de beneficio de estos nuevos y ávidos «editores». De hecho, el comprador lo que recibe casi siempre es un producto de inferior condición al que anteriormente adquiría por una cantidad semejante, con papeles de gramaje estandarizado, encuadernaciones enjutas y tipografías que cantan sin necesidad de cuentahílos. Se trata de un fenómeno que parece exclusivo del sector editorial: baja de calidad sin merma de costo. No esperamos de un ejemplar que dure toda la eternidad pero sí, al menos, que resista una primera lectura normal —no de mírame y no me toques— y que aquella se haga en unas condiciones mínimas de legibilidad.

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