cuerpo a tierra
Qué hay detrás del procés
Algunos catalanes piensan que estarán mejor sin España y algunos españoles, que eso hay que decidirlo entre todos; luego hay otra porción de españoles que considera que España estaría mejor sin Cataluña y una porción de catalanes que tiene la convicción que todo está bien como está, moción que también apoya buen número de los otros, si es que no son lo mismo, que ya tampoco lo tengo claro después de tantos informativos y un solo 155, que hay quienes sostienen que era demasiado fuerte y quienes afirman que como mucho fue de cafetera. A mí, como aportación al debate, nada más se me ocurre citar a uno de mi pueblo que, ante cualquier magno acontecimiento, siempre decía: «Y todo esto, ¿quién lo paga?».
Porque, más allá de la gracia, hay toda una filosofía en contemplar la vida con los ojos del que se cuestiona qué hay detrás de las cosas. Menos fenomenología y más ontología, vamos. Ya saben: la fenomenología es investigar los trenes por el horario que hay colgado en la estación y la ontología consiste en estudiar el motor de la máquina que tira de los vagones. Uno, claro está, no posee una varita mágica que le dé respuestas a un asunto que será pasto de los historiadores con cierto rigor únicamente dentro de algunas décadas, pero, desde la autoridad del presente vivido, sí se puede al menos preguntar.
El asunto se puede telegrafiar: una comunidad autónoma pide un referendo contra uno de los pilares de la Constitución que rige a todos, se le prohíbe pero lo lleva adelante caiga quien caiga, con menos garantías que un reloj del top-manta. Con el feble aval de un resultado cuando menos irregular, se enroca en su posición de desconectarse y autotitularse como república. El Gobierno de la nación se lo impide. Los jueces aplican las leyes. Stop. La pregunta es: ¿quién o qué dio la orden de «más madera»? Que, traducido al a veces tosco lenguaje funcionarial, porque detrás hay décadas de alimentar la máquina de la escisión, simplemente es: «sigan la pista del dinero». Y en ello están, tratando de averiguar quién pagó todo aquello, cambiándose los calzoncillos y tratando de taparse las vergüenzas al mismo tiempo. Pero es que, igual, si se cuestionasen por qué ocurrió en el preciso momento que ocurrió, las conclusiones no serían precisamente benévolas con el Gobierno. Con ninguno de los dos.