cuarto creciente
La osa de Robles
Cuenta el académico de la Lengua Salvador Gutiérrez Ordóñez que una gran osa solía descender de los montes de Laciana a finales del verano y se paseaba con parsimonia por las calles de Robles, atraída por el eco de un piano de cola. Amigo del pintor Eduardo Arroyo, que en días más luminosos traía al pueblo a la pianista Rosa Torres-Pardo para ofrecer un concierto de música clásica en los soportales de la iglesia, Gutiérrez Ordóñez está convencido de que la osa volverá este otoño a Robles de Laciana, se detendrá unos momentos bajo el árbol enorme que adorna la casa del artista fallecido hace unos días, y después se retirará de nuevo al monte para hibernar con Arroyo.
Y las palabras del académico y presidente de la Fundación Sierra-Pambley, el epitafio más emocionante que alguien le podía dedicar al pintor, me recuerdan a las que ha pronunciado estos días otro lacianiego de talento, el creador del universo de Celama y autor de los Días del desván, Luis Mateo Díez, que ha dicho que Eduardo Arroyo buscó en Robles de Laciana, el pueblo de sus ancestros, una Arcadia particular donde refugiarse. Y por desgracia, la Laciana real está lejos de ser un paraíso. Aquella comarca ganadera iluminada por la Institución Libre de Enseñanza hace un siglo sufre hoy la resaca del carbón.
Atrás han quedado los sueños que el pintor alumbró para Laciana; los cursos de verano, el parador nacional, el festival de música con el eco del piano de Rosa Torres-Pardo. Y atrás ha quedado el carbón, la mina que alimentó al valle durante décadas y que ahora ha dejado una costra de cielos abiertos y escombreras sin restaurar, una estela de prejubilados y jóvenes emigrados que hacen el camino inverso al de Arroyo cada verano, cuando venía de Madrid y se encerraba a pintar en la casona familiar de Robles.
¿Y qué nos queda por delante?
Los sindicatos y el nuevo Ministerio de Transición Ecológica acaban de firmar, tres días después de la muerte del artista, un preacuerdo para lograr «una transición justa de la minería del carbón» y un «desarrollo sostenible de las comarcas mineras para el periodo 2019-2027».
Más fechas. Más sueños.
Esperemos que la osa baje pronto del monte.