Diario de León
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c Manuel Moure, padre de José Manuel Moure —uno de los seis fallecidos en el pozo Emilio el 28 de octubre de 2013— escribe sobre el suceso: «Se cumplen cinco años de un accidente anunciado por activa y por pasiva. Lo anunciaba la mina, el gas, pero nadie le hacía caso.

Seis fallecidos, varios heridos y cinco años sin nuestro hijo. La justicia sigue lenta, muy lenta, es la que menos medios tiene, a la que menos presupuesto le destinan los gobiernos, todos los gobiernos, y, mientras los padres como nosotros, sufriendo.

Recursos, más recursos por parte de los culpables. Creo que tienen muchos más derechos los culpables que las víctimas. Cuando los legisladores sacan alguna ley, cuidado que sea con arreglo a derecho, a ver si a los culpables se les mete un año más de cárcel y se enfadan.

¿Qué derechos tiene nuestro hijo que lo mataron con toda la vida por delante? Me gustaría opinar como padres que les han quitado a un hijo. Puesto que nadie más que nosotros sabe lo que es eso; ningún legislador, juez, abogado, gobierno, etc. lo sabe. Sólo el que lo sufre.

Estos señores, solamente cumpliendo con su trabajo de seguridad en la mina lo habrían evitado. Nuestro hijo, el día del accidente, tenía 40 años de edad. Bien, si la media de vida de los españoles es de 85 años, le quitaron 45 de vida. Lo cual quiere decir que les corresponden de condena 45 años y a partir de ahí que les vayan rebajando la pena. Es más fácil hacer justicia de esta manera.

¿Cómo valoran los legisladores cada día que pasa un hijo sin sus padres, cómo lo valoran? Creo que al final tendrán que venir los fallecidos a pedirles perdón a sus verdugos.

Podemos hablar del olvido de las instituciones: Gobierno, Junta, Ayuntamiento, etc. Como padres, les queremos decir que no nos importan nada, como si no existieran. Duele más el olvido de los compañeros, ¡qué palabra más bonita!. ¡Y qué falsa! Cuando muchos, muchos, tienen que agradecer a la empresa, no pueden ser compañeros de los fallecidos. A aquellos que se callaron, sabiendo lo que allí había, les decimos que todos en este mundo estamos en la misma vía.

En el quinto año del accidente que estaba escrito en toda la mina y nadie fue capaz de decir nada para pararlo, por miedo, agradecimiento o varios, que se callen para siempre. El daño ya lo hicieron callando.

Nosotros, como padres, seguiremos peleando sin miedo y sufriendo la pérdida de un hijo.

Queremos dedicarles, cómo no, unas letras a los sindicalistas como responsables de los trabajadores, muchos de ellos liberados de todo trabajo en la mina, ya que todos los fallecidos y heridos estaban afiliados.

Ocurrido el accidente todos pusieron pies en polvorosa procurando todos prejubilarse con cualquier categoría para que les alcanzaran los años y poder hacerlo, ya que había en la empresa un señor abogado que les facilitaba las cosas.

A la fecha no sabemos nada de ningún sindicalista ni dónde están ni dónde viven. Ninguno se presentó en la acusación siendo tan grave el accidente. A esto yo le llamo traicionar a los compañeros, como ellos dicen. Algunos entraban una vez al año a la mina para hacer el doble de trabajo que los picadores para subirse el promedio y luego en todo el año desaparecían.

Enhorabuena por todo lo que nos han ayudado. Para terminar, mientras esto siga dilatándose en el tiempo, nuestro duelo continuará tan fuerte como el primer día.

Por favor, Justicia, ya».

c Josefa Romo escribe con el título ‘Monseñor Romero en los altares’: «El papa Francisco ha canonizado a Monseñor Romero ( 14-X), obispo de El Salvador, ‘mártir por el Evangelio y la justicia social’. Se hizo mundialmente popular por la película que lleva su nombre, Romero, de John Dugas.

Aunque en ella también hay fantasía (el guión no se le presentó al Obispado), esencialmente muestra lo que sucedía: la guerrilla paramilitar descargaba contra inocentes campesinos y contra los sacerdotes que los defendían.

Monseñor Romero tenía corazón sensible y brazos fuertes: al mismo tiempo que abrazaba a Dios con uno, con el otro abrazaba al hombre, en especial a los necesitados de protección. Como obispo, supo estar en su sitio, con rechazo absoluto de la lucha armada; pero utilizando su palabra a favor de la paz y del respeto a la vida, con inusitado heroísmo.

Como asevera Rafael Domingo, «para Óscar Romero, levantar la voz no era una decisión política, sino una decisión moral y profundamente evangélica. Abogó por una defensa no violenta de la justicia, inspirada en el amor, el perdón y la participación social».

Con su autoridad de Pastor de la Iglesia, exclamó a la Guardia Nacional en su Homilía del 23 de marzo de 1980, la víspera de su sacrificio: «(…) Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR (…) En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!».

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