Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Antonio Machado, su hermano José, su cuñada, Matea Monedero, y su madre, Ana Ruiz, que ya había cumplido los 85 años, atravesaron la frontera con Francia en Portbou. Huían de la guerra.

Eran los últimos días de enero de 1939, Cataluña estaba a punto de caer en las manos del Ejército sublevado, y el poeta sevillano partía al exilio por las carreteras abarrotadas de refugiados. Sin equipaje, sin dinero, los cuatro pasaron la noche en la estación de trenes de Cerbére y llegaron al día siguiente al pueblo pesquero de Collioure. La pensión de Pauline Quintana les abrió las puertas. Y cuando Machado murió tres semanas después, la tarde del 22 de febrero, una amiga de la dueña del alojamiento le cedió a la familia un nicho en el cementerio local para que dieran sepultura al poeta. A los tres días también moría su madre, enterrada en el rincón del camposanto destinado a los pobres.

En Collioure, recordaba esta semana Ernesto Escapa, el poeta apenas salió un par de veces de la pensión para acercarse a la playa, apoyado en su bastón y con la ayuda de su hermano, y contemplar las barcas en la arena. «No podía sobreponerse a la angustia del destierro», explicó José Machado. Y fue José el que a los pocos días del fallecimiento encontraba en el bolsillo del viejo gabán que había vestido su hermano un papel con el último verso de Machado: «Estos días azules y este sol de la infancia».

La infancia de Machado eran recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde maduraba un limonero, contaba el poeta en unos versos muy conocidos. Y su juventud habían sido veinte años en tierras de Castilla. Por eso había escrito que a su muerte, si su obra valía un entierro, llevaran su cuerpo cerca del Duero.

Mañana se cumplen ochenta años de la muerte de Antonio Machado. Su obra, quién puede dudarlo, vale mucho más que un entierro. Pero sus restos siguen en Collioure, desde 1958 en una sepultura junto a su madre sufragada por suscripción popular. Y hay quienes prefieren que siga allí, convertido en un símbolo, y quienes defienden su regreso, porque el símbolo sería mayor. La última palabra, en cualquier caso, debería ser la del propio poeta, que vivió días felices en Soria junto a su esposa Leonor.

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