Diario de León
Publicado por
NUBES Y CLAROS MARÍA J. MUÑIZ
León

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Oigo, oigo, oigo. Pero ya no soy capaz de escuchar nada. Y aún no hemos comenzado a gritar de verdad, si es que paramos alguna vez. Se me amontonan los mensajes de xenofobias, homofobias y otras vueltas atrás impensables con fórmulas de pueril demagogia social insostenibles; mientras el lifting ya sin elasticidad del pretendido centro o la ansiada moderación se tensa intentando abarcar estas y aquellas sensibilidades, aunque sean irreconciliables, hasta amenazar con que brote la sangre porque no hay más margen de estiramiento entre siameses populismos infumables. Incluso llega el folklore del corazón en un diseño podrido que revienta las costuras porque no le cabe dentro ni la cordura ni el sentido común. Se me enredan irremediablemente los mensajes que me interesan con los que me producen vómito en una pantalla de gran hermano en la que es imposible discriminar lo que persigo de lo que repudio.

Me apabulla la ensordecedora avalancha de gilipolleces y contaminaciones de la que sólo puedo abstraerme cuando el trabajo me da el breve respiro de agazaparme en mi cáscara, inmune entonces a la cháchara incansable de, en el mejor de los casos, insoportables naderías.

Contenidas cápsulas de oxígeno en las que entro con el goteo de la arena del reloj advirtiéndome de que el paréntesis de silencio no durará mucho. El de mi casa y mis cosas. El de mi gente y mis aficiones. El del enorme cielo, azul o nublado, pero infinito y descubierto; el del paseo sin rumbo, el del horizonte sin límite. El de una realidad que no existe la mayor parte de mis días, pero que se me regala de tanto en tanto; la que aspiro con tanta ansia que a veces me duele el pecho.

Me encierro entonces en la cápsula inabarcable de todo lo que existe mientras transitamos apurados por lo que nos ocupa, ajenos a lo tanto y tan grande que nos rodea. Sin verlo. Sin capacidad para disfrutarlo.

¡¡¡Es lo de fuera!!!, me grita desde hace ya demasiado tiempo ese Pepito Grillo interior al que tapo la boca cada día, gritándole: ¡Hoy no puedo, quizá mañana! Para repetir lo mismo día tras día.

Llegará el momento, ese que siempre es el menos pensado, en el que romperé mis autoimpuestas cadenas. Ya no son tantas como fueron, pero siguen pesando demasiado. Llegará el día. Hoy no va a poder ser, cachis. Quizá mañana.

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