Diario de León

león en verso

El Palacio rebosaba con Felipe

Luis Urdiales
León

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Están diez a uno las apuestas a que el falcon no tomará tierra en La Virgen del Camino (en Virgen del Camino, según los encargados del instituto del clima para contextualizar efemérides de los febreros tórridos de nuestra vida); no habrá aproximación en plan Koji Kabuto sobre la azotea despejada de Mazinger Z; planeador, abajo; puños, fuera, si le quedasen aún puños al anagrama del partido. Diez a uno, donde apuestan los que apuestan, a que ni siquiera necesita de la fórmula del camuflaje, de aquella gira de abril de 2017, cuando en vez de votos buscaba avales, y la militancia leonesa repitió de carrerilla la letanía verbenera: ¿Ha venido Pedro? No ha venido Pedro. Pedro sí vino, cuando era Pedro, Pedro No-no, asistido por un cambio de montura en la carrera tendida que emprendió de regreso a Ferraz; en berlina alemana de lujo hasta la gasolinera de La Serna, y, en el tramo final de trayecto, a lomos de un utilitario coreano, diésel, ni eléctrico ni híbrido, con la percha de ala-pívot con alma de escolta empaquetada entre el asiento de atrás y el salpicadero. No es el coche, es la clase, según el catecismo de elegancia de Coco Chanel, aplicable sin remilgos al inventario de la apariencia que tanto obsesiona a los políticos para simular lo que no pueden ser. De ahí que el episodio del Mercedes y el Kia pasara de perfil para la audiencia entregada que acudió a darle el parabién al socialista que hizo frente al aparato que no era otro que él medio año antes; de León, los desheredados, y otros ángeles caídos del reparto. El grueso de la milicia llegó de Asturias y en un microbús de Zamora, con el inefable Demetrio Madrid, primero en darle un hachazo a León en este estado catatónico que le ha dejado la autonomía. Aquí os traigo un salvador, le faltó por decir al copiloto a los fieles que esperaban en el párking de La Torre al mesías en corrillos, como se aguarda a la funeraria a la puerta de las iglesias leonesas para darle el último adiós al difunto. No murió en la guerra con el susanismo por los zapadores del Soma, a los que saludó en la intimidad del luchódromo con un beso en la mejilla, a modo del emblemático pico de Leónidas Brezhnev a Erich Honecker que dejó varias décadas a media Europa sin primavera. Qué tiempos; los del tirón de León para llenarle el Palacio de Deportes a Felipe González.

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