Diario de León
Publicado por
MANUEL GARRIDO ESCRITOR
León

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L a vida a la pequeña escala cotidiana, normal y corriente, suele dejar su estela reflejada en las no menos pequeñas anécdotas. Anécdota es una palabra griega para expresar lo que en latín es inédito: algo secreto o privado que de pronto sale a la luz y se publica. La anécdota es una chispa de gracia que salta al roce con la vida, una astilla de humor arrancada al árbol de los días. Ni siquiera llegan a perder las más afortunadas su poder de sorpresa y regocijo, no importa que la risa de las primeras veces se haya ido atenuando hasta la sonrisa tranquila y complacida. La tradición las conserva, una y otra vez repetidas como si fueran invocaciones mágicas que permiten reconocer el mundo donde surgieron y se cuentan. Esa tradición tiene su ámbito propio y privilegiado en el serano, y así, cuando la tierra se sumerge en el letargo invernal, todo un mundo ebullente de gracia y fantasía florece en la superficie, cultura viva y alta sobre la naturaleza servidora. Es en el serano donde se cultivan los otros campos interiores tradicionales con la transmisión de relatos, canciones y bailes, cuentos y romances, así como de las anécdotas, más chispeantes en el ambiente que propicia la intimidad de un recinto de sombras bailando ante la luz inquieta del hogar.

El día de la fiesta de Marrubio, Alfredo portaba uno de los faroles que flanqueaban la cruz al frente de la procesión con la imagen del patrón San Esteban. En cierto momento un hombre se acercó a él, le tocó el brazo y le dijo, señalando con el dedo el farol: «Mira, se te apagó el farol». Alfredo comprobó que era cierto y luego le respondió con su mejor sonrisa pícara, moviendo el mástil: «Ya lo notaba yo en el peso».

Este mismo Alfredo fue un día en compañía de Bernardo a la feria que todos los sábados, desde el otoño hasta comienzos del verano, se celebraba en Quintanilla. El trayecto desde Marrubio suponía dos horas de camino, atravesando el monte. Al entrar en Quintanilla, salió corriendo delante de ellos un niño y a continuación una mujer. El niño lloraba y la mujer, varita en mano, lo perseguía con toda clase de improperios. La escena le sugirió a Alfredo un comentario ilustrativo de los suyos: «Dicen que cuesta tanto darle una carrera a un fillo: ¡mira esta mujer qué pronto se la dio!».

Entre estas, que podríamos denominar anécdotas de autor, en las que brilla el humor inteligente con paradojas y juegos de palabras, se cuenta una en Castrillo de Cabrera, cuyo «autor» fue Emilio, un hombre con fama de socarrón. Pastoreaba una vez sus vacas paciendo las altas hierbas de la primavera junto a la carretera que recorre el valle desde La Baña hasta Puente de Domingo Flórez. El tráfico por entonces era escaso. Ese día un coche se detuvo al verlo cerca y el conductor le preguntó: «Oiga, paisano, ¿adónde va esta carretera?». Emilio le respondió: «Desde que estoy aquí, ni va ni viene, no se ha movido». El desconcierto del conductor quedó desarmado por la sonrisa abierta del cabreirés, que se acercó y le dio las explicaciones pertinentes.

También los grandes acontecimientos podían dejar en las anécdotas una leve huella sonriente. En noviembre de 1975 murió Franco. Por entonces la escuela de La Baña contaba con algo más de cien escolares al cuidado de cinco maestros. Una joven maestra recién incorporada a su primer destino se lo comunicó a sus alumnos: les dijo que aquel señor del cuadro de la pared se llamaba Franco y era el que mandaba en España, pero se había muerto y por ese motivo al día siguiente no habría clase. Pero a todo esto, ¿sabían quién era Franco? Solo Carlos Martínez levantó el brazo y dijo en su lengua bañesa: «Francos hay dúos, ese y el del correyo». Así era, la línea postal Astorga-La Baña la cubría un Land-Rover que conducía Marcos Franco, astorgano más conocido por el apellido y en Cabrera como señor Franco, un hombre de carácter abierto, amigo de bromas; cuando por ejemplo alguien le preguntaba al hacerle un encargo si le pagaba ya o esperaba, él respondía entonces con su broma preferida: «Mejor ahora, que hay muertes repentinas».

La maestra sonrió. Carlos tenía razón, ni el dictador podía competir aquí con el otro Franco. La maestra lo recordaba siempre con una sonrisa.

Hay anécdotas con su curioso matiz antropológico. El habla popular campesina reserva ciertas expresiones relacionadas con la figura del demonio, como por ejemplo «llevar a alguien los demonios», para situaciones, entre otras, sin explicación posible fuera del ámbito de la magia diabólica. En cierta ocasión una mujer de Losadilla estaba segando una tierra de centeno en la ladera contigua al pueblo, dirección La Baña. Al fondo de ella hay una pequeña franja de praderas sobre las cuales está el camino que en 1965 fue ampliado con un tajo en ángulo de la pendiente para la carretera que finalmente fue asfaltada diez años después. A continuación se extienden las tierras de centeno. La mujer se irguió para tomarse un respiro y miró hacia abajo. Por entonces algunos de La Baña ya tenían bicicleta y justamente en aquel momento pasaba uno por allí. Sin embargo el corte en la pendiente solo le permitía descubrir la cabeza del ciclista y eso es lo que ella vio con estupor: una cabeza que iba a toda velocidad. Y el grito le salió del alma horrorizada: «¡Ay, Dios mío, ahí va uno que lo llevan los demonios!».

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