Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Me preguntan si me extraña el fichaje de Ángel Garrido por Ciudadanos. La respuesta exige cierta reflexión, por aquello de dime de qué te extrañas y te diré quién eres. A mí no me parece extraño que Isabel Pantoja entre en Supervivientes lo que me extrañaría es que Paquirrín lo hiciese en la Real Academia de las Ciencias Morales, aunque, para ser sincero, tampoco me llevaría un sofoco como para pedir un abanico. Con lo de este político cabe decir aquello de Chesterton sobre el periodismo: «Consiste en decir que Lord Jones ha muerto, a quienes ignoraban que estuviese vivo». Pues eso, ¿quién es Garrido para que tenga que asombrarme por algo que ha hecho o ha dejado de hacer? Sabía de su existencia, pero como sé que en Turulustán comen los grillos con chistorra. Me pilla lejos. No ocupa lugar alguno en mi pensamiento. Más allá de la deslealtad que manifiesta con su transfuguismo, ni siquiera cabe definir lo suyo de golpe de efecto. Personalmente, me ha tiene más noqueado que Pablo Iglesias haya encontrado su nirvana, y ahora hable tal oso amoroso. Estos días, los candidatos presidenciales nos hablan atiborrados de asesoramiento. Y no todos los políticos se dejan asesorar. «Donald, no vuelvas a decir que la última vez que leíste un libro los peregrinos aún no habían partido en la Mayflower». Pues eso, el asesor que recomendó a Albert Rivera fichar a Garrido debe de ser el mismo que propuso incorporar a Silvia Clemente. Ah, los idus de marzo en abril.

No cuestiono la legitimidad de una evolución política, incluso si tiene algo de salto de la rana. Pero, ¿dónde quedan en el caso de Garrido la ejemplaridad y la coherencia? Si ya no sientes afinidad ideológica con los tuyos, entonces, vete. O sea, búscate un nuevo trabajo. Ten decoro. No llames evolución al mero resentimiento.

La deslealtad de Garrido ha cogido por sorpresa a sus excompañeros, porque ha sido con nocturnidad y alevosía. Aun así, tampoco produce excesivo asombro, sino otros sentires. Supongo que a Casado le habrá recordado aquella escena de Casablanca, entre el traidorzuelo y Bogart: «¿Me odias Rick?» Y este impertérrito, le espeta. «En el caso de que pensase en ti, probablemente te odiaría». Un clasicazo de la dignidad.

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