RÍO ARRIBA
Qué hacemos ahora
Por fin ha concluido la campaña electoral. Después de tres meses agotadores, los empleados de Correos, sometidos a una presión indecible, seguramente estén entre los españoles más felices y aliviados. A lo mejor también algunos periodistas y comerciantes. Pero, llegados a este punto, la pregunta que se suscita es la misma que, al final de una memorable película titulada El candidato, formulara Robert Redford a sus asesores tras ganar las elecciones: «¿Qué hacemos ahora?». Dirán ustedes, con sensatez, que debería ser tan fácil como cumplir lo que cada uno ha dispuesto en su programa, pero aquí es donde se complican las cosas y se enredan los ovillos. Algunos son tan genéricos y difusos que admiten varias interpretaciones y otros han sido redactados a sabiendas de que los votantes, a la hora de la verdad, eligen la papeleta con las vísceras, la nariz tapada o la idea de perjudicar a terceros. Todo esto resulta un poco miserable, qué le vamos a hacer, pero también hay gente que se molesta en informarse y documentarse. ¿Y qué es lo que se pueden encontrar? Pues, aunque no se lo crean, ideas brillantes e innovadoras y, algunas veces, un esfuerzo serio por responder a los problemas reales de la ciudadanía. Otras propuestas, desafortunadamente, se disfrazan de brindis al sol o de recetas venenosas, y lo que es más lamentable y común a todos los partidos, una actitud sectaria que lleva, siempre, siempre, a ignorar la contribución y los aciertos de los rivales, que obviamente se dan en todos los casos. Hablando con claridad, hay promesas que no se podrán realizar por una pura cuestión de cifras económicas (de las que adolecen la mayoría de los programas) y otras porque, de llevarse a la práctica, deberían sortear bastantes barreras legales. Es posible que el personaje que interpretaba Robert Redford en esa película de 1972, capaz de seducir a los votantes más escépticos y correosos, y que según algunos es un antecedente de Donald Trump, tildara de inoportunas estas objeciones, fiando su futuro y su credibilidad a los consejos de su equipo de marketing, que entonces como ahora tenían pinta de ser capaces de vender una estufa a un esquimal. A lo mejor se trata precisamente de eso, de continuar viviendo en una especie de burbuja publicitaria, o en un mundo donde el consenso, la honradez y la humildad brillan por su ausencia. Veremos cómo se portan y qué hacen nuestros representantes políticos. La verdad es que, puestos a elegir, yo prefería al Redford de Las aventuras de Jeremías Johnson, donde ponía cara a un trampero audaz que se marchaba a las Montañas Rocosas y donde, tras una lucha interminable y sangrienta, se ganaba el respeto de los feroces indios crow.