Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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El cine es quien nos enseñó a mirar la ?pantalla como un lienzo o un libro: con respeto y devoción. Un cuadro de retablo, puesto sobre el altar de nuestra intimidad, fue luego la televisión, aquel invento que, cuando se presentó en sociedad, iba a hacer «una sola patria de todo el mundo» y tal vez acabe consiguiendo que al menos sea un solo mercado. La pantalla líquida y transeúnte de los aparatos digitales, que va con nosotros a todas partes, está omnipresente en nuestras vidas, pero pensamos que ha reducido el prestigio del recuadro enmarcado: sabemos perfectamente que no todo cuanto nos muestra la red es cierto, ni siquiera importante, que incluso en muchos casos no ha sido expresado por personas (se dice, ojo al dato, que el 52% del contenido que aparece en Internet está gestionado por no humanos). Evidentemente, que no todo fuera de fiar también ocurría antes; pero la proporción se ha disparado con la revolución digital, con el encuentro entre la tecnología de Gutenberg y la tecnología eléctrica, que predijo y temió McLuhan.

Durante la generación de nuestros padres, lo que estaba escrito era poco menos que sagrado, todavía hoy el «yo eso lo he leído» continúa manteniendo una garantía de fiabilidad… siempre que no sea en internet o en una red social. La esencia de aquella autoridad de lo impreso, de aquel «felibrismo», evidentemente no eran la tipografía o el papel sino la firma, la garantía de una autoría responsable. No el formato sino los filtros que se anteponían a la publicación, desde el prestigio y responsabilidad del firmante hasta el aval del editor. No existían apenas simetría ni reflujo entre el emisor y el lector, pero existía un contrato no escrito, un pacto de respeto.

El desprestigio de la pantalla, aunque su ubicuidad sea innegable, su deterioro de credibilidad, además de por las informaciones enlatadas, vino marcado por el nacimiento de la versión de la web 2.0, en la que se puede interactuar y el espectador pasa a convertirse en actor. Cualquier usuario, independientemente de su nivel de competencia en la materia tratada, es sujeto de opinión. No es que el mundo se haya vuelto de repente más sabio, sino más libre, plural, con todas las voces puestas en plano de igualdad. El ruido, por lo tanto, es mucho mayor. Porque una opinión sin firma es como una información desmediatizada. Un mensaje sin mensajero.

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