Diario de León
Publicado por
HOMO VIDENS CÉSAR GONZÁLEZ
León

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El otro día un grupo de vascos hablaban euskera cerrao. No había dios que los entendiera. Y no es sólo el trato, que ya es complicado, sino que vienen a liarla y a ponerse como las grecas. En este mismo hostel, a la vera de la Catedral, hace una semana uno de esos borrachuzos se abrió la cabeza en el retrete y tuvo que ser atendido por los servicios de emergencia. Un sábado a las cuatro de la mañana para goce del resto del vecindario y compañeros de edificio. Así es cada perenne fin de semana para los trabajadores de la hostelería leonesa. Por lo visto, hemos destronado a Logroño porque allí dejaron de admitir despedidas de solteros en restaurantes, hoteles y cualquier guarida que de refugio a estos animales. Ahora León lidera. Somos el top que decía el tito Mou de las despedidas. Supongo que para alguno sea un tema muy manido pero nunca está de más recordar lo lamentable que puede llegar a ser. Y la cruda tarea que supone erigir el equilibrio en este sentido. «A mí me aportan dinero porque son grupos muy grandes y me lo llenan. El problema es que no respetan nada. Llegan de la calle con un pedal enorme y montan escándalo, se comen la comida de los otros sin que les pertenezca, dan portazos, me quitan las raquetas de decoración y se ponen a jugar con ellas, cogen el extintor y lo vacían por las escaleras...». Bochornoso. Este testimonio es de otro hostel ubicado en la calle ancha, junto al Victoria. Habría que evaluar hasta qué punto sale rentable admitir despedidas de solteros en tu negocio. Porque es muy difícil parar los pies a quince tíos que llegan más pasados que Keith Richards a sus 20 años.

En lo que respecta a las cifras, si en 2015 este ejemplar modelo turístico dejaba 1,3 millones de euros y recibía a más de 10.000 personas lo normal es que ambos números hayan aumentado considerablemente. Entonces, ¿cómo hacemos para llevar bien esto de las despedidas de solteros? Yo propongo que vengan los expertos y analicen minuciosamente este apestoso fenómeno alcohólico-festivo. Una vez estudiado el problema, elaboren las conclusiones y difundan la receta mágica. No son esto mancias stanichianas, más bien una petición popular compartida por tasqueros, camareros, hosteleros, mi prima la de Valdabasta, la familia con hijos que intenta cenar con tranquilidad en un restaurante bajo el cálido aliento y los perdigones —cuando hablas muy alto y se te escapa saliva de la boca— resultones de cánticos que parecen más de un orangután que de un Homo sapiens; la parejita que acudió al mismo a darse cariño con un buen vino para celebrar su aniversario; y hasta el portero del Vanity que tiene que soportar la paliza de ruegos y la mirada de las mil millas de trece mujeres que no se tienen en pie y quieren acabar allí la noche. León se merece algo mejor. ¿No creen?

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