Con consecuencias
F ue el de este jueves uno de esos días realmente históricos, apenas media docena, que jalonan los últimos cuarenta y cuatro años de nuestra democracia. No hubo, como era más que previsible tras los últimos y vergonzosos rifirrafes entre los dos potenciales socios de un Gobierno de coalición, investidura de Pedro Sánchez. Lo cual puede parecer bueno o malo a unos o a otros en un país al que sus políticos han logrado dividir al máximo, pero que no es definitivo. Todo queda para septiembre, aunque ni siquiera esto es ya seguro. Ahora, toca recomenzar el proceso.
El país necesita, esta es una de las pocas cosas en las que todos parecen de acuerdo, un Gobierno estable cuanto antes. Lo que pasa es que había desacuerdo en todo lo demás. Pedro Sánchez intentó una vía intermedia: salir de las arenas movedizas, pero a base de permitir que el escorpión fuese quien le trasladase a la otra orilla. Y el escorpión lleva su carácter como seña de identidad. Claro que tampoco se trata de culpar de todo al líder de Podemos, que sale, por cierto, destrozado del trance, hasta el punto de que habría que discutir quién ha actuado en este episodio de escorpión y quién de rana. Era, simplemente, un matrimonio imposible, y esta es una de las conclusiones que habrá que sacar para el inmediato futuro, lo situemos en septiembre o en noviembre. Iglesias (y, claro, Montero) y Sánchez (y, claro, su entorno más cercano, comenzando por Carmen Calvo) simplemente no pueden ni verse. Lo mismo que Sánchez y Rivera, el líder de Ciudadanos, que a primera vista podría parecer, pese a todas las presiones que recibe, perdido para la causa de una coalición de centro-izquierda, y que posiblemente pagará un alto precio por ello. Así que a Sánchez a partir de ahora solamente le quedaría, si no se producen más episodios de extraños compañeros de cama, intentar la gran coalición con el PP (es lo que hubieran hecho en Alemania, por ejemplo, que es el país más serio de la UE) de un Pablo Casado que ha salido posiblemente reforzado de esta tormentosa sesión de no-investidura. Por tanto, lo más probable, aunque vaya usted a saber, es que estemos ante unas nuevas elecciones el 10 de noviembre, confiando en que esta cuarta marcha a las urnas en cuatro años sirva de algo. Y Europa, boquiabierta. Menos mal que los datos del paro no son tan malos y en la UE siguen apostando por el crecimiento de nuestra economía. Lo cual para nada hace buena la broma de que sin Gobierno estamos mejor. Aunque a veces resulte difícil creerlo.