El verdadero estado de alarma
Se ha cumplido un mes desde que el Gobierno más inepto, con menos capacitación —para gobernar, entiéndase— y más peligroso de la democracia decretó el estado de alarma en España. Pues bien, cada día que pasa desde ese 14 de marzo me doy cuenta de que la alarma más real la constituye precisamente el Gobierno. Y es que, antes o después (que más bien será después), la pandemia dejará de hacer estragos. Los científicos, los auténticos, no los integrantes de comités publicitarios, acabarán por «dar en la tecla», y la humanidad podrá respirar, nunca mejor dicho, tranquila. El tiempo que esa tranquilidad dure es otra historia. Pero este Gobierno viene dando muestras, día tras día, con la honrosa excepción de varios de sus miembros (entre los que se halla una mujer nacida en León) de su ineptitud, de su falta de capacitación —insisto en que para gobernar— y, sobre todo, del peligro que supone para la nación española y, por ende, para los españoles.
El espíritu conciliador de los llamados «padres de la Constitución» permitió hacer borrón y cuenta nueva. La verdadera memoria histórica, había quedado sellada con la intervención de representantes de todos los partidos políticos, lo repito de todos
Hemos leído más que suficiente para tener la total convicción de que 1936 fue un año nefasto en la historia de España, bueno incluso desde algún año antes más bien. ¿O no? Y quienes ya peinamos canas, por pocas que nos queden, somos también conscientes de que hasta noviembre de 1975, España vivió bajo un régimen totalitario, en el que a pesar de los clamorosos errores cometidos, fueron no pocos los logros que se alcanzaron y, por cierto, sin presión fiscal alguna. Tres ejemplos tan solo: la creación de la Seguridad Social, un plan hidrológico que, a pesar de los sacrificios que supuso para los habitantes de los pueblos inundados, viene sirviendo año tras año para procurar el suministro de agua y, por encima de todos, la creación de la clase media. No en vano el diplomático norteamericano Vernon Walters nos dejó en su legado una entrevista realizada a instancia del entonces presidente Nixon a Franco, en la que éste le aseguró que nunca más habría una guerra civil en España. Preguntado por qué estaba tan seguro, su respuesta fue «porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el Gobierno, la clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español».
Fuimos igualmente testigos, afortunados testigos, de una reconciliación que parecía impensable, y que culminó, primero, con la firma de los Pactos de la Moncloa en octubre de 1977, y meses después, con la elaboración y posterior aprobación de una Constitución que al día de hoy ha permitido vivir la época más prolongada de paz en España. El espíritu conciliador que presidió los trabajos de los llamados «padres de la Constitución» permitió hacer, si me permiten la expresión, borrón y cuenta nueva. La memoria histórica, la verdadera memoria histórica, había quedado sellada con la intervención de representantes de todos los partidos políticos, lo repito de todos. Nunca agradeceremos bastante los españoles el esfuerzo y el comportamiento de todas las personas que alcanzaron ese gran pacto, por fortuna íntegro y vigente, mal que les pese a más de uno, al día de hoy.
Tras diferentes legislaturas en las que pudiéndose reformar la ley electoral no se hizo, llegamos al 1 de junio de 2018, fecha en la que prospera la moción de censura formalizada por el PSOE, presentando su dimisión al Rey el hasta entonces presidente del Gobierno, quien igualmente renunciaría a la presidencia del Partido Popular.
Toma posesión seguidamente el nuevo presidente del Gobierno, tras recibir la confianza del Congreso de los Diputados, erigiéndose Pedro Sánchez en la primera persona que accede a la presidencia sin ostentar la condición de Diputado, sin haber resultado elegido previamente por los ciudadanos.
Pocos meses después los españoles acudimos una vez más a las urnas, y en abril de 2019, con la Ley electoral vigente, sin listas abiertas y con una más que dudosa bondad, respetando todas las opiniones, de la aplicación de la compleja fórmula matemática conocida como ley d’Hont, se alcanzan unos resultados que encumbran a Pedro Sánchez si bien, y a pesar de su hasta entonces discutido liderazgo, no es capaz de obtener el refrendo para asumir la presidencia del gobierno, lo que obliga a una nueva convocatoria de elecciones, celebradas éstas en noviembre del mismo año.
Los resultados, por sobradamente conocidos, no son objeto de esta reflexión, como tampoco lo son las consecuencias que en el reparto de escaños conlleva la aplicación de la antedicha fórmula matemática ideada por el jurista belga Víctor d’Hont en el siglo XIX. Quien resulta de nuevo ganador de las elecciones, faltando a todas las promesas hechas a su propio electorado, alcanza finalmente un pacto de Gobierno (?) con todos los grupos que le permiten lograr su deseo: extrema izquierda, nacionalistas y separatistas; y en esas estamos.
Hora es señor presidente, de que se digne revisar sus promesas, de que recuerde sus discursos. Lea un poco, solamente un poco, sobre los esfuerzos que realizaron «los padres de la Constitución». Tienda puentes y no levante muros. Escuche la voz de esa mujer que en sus últimas semanas de un embarazo de riesgo, sigue demostrando su excelente y envidiable capacidad negociadora, lamentablemente empequeñecida en la práctica por la desastrosa actuación de su predecesor, pero conocedora de nuestra nación desde su Jerez natal a Cataluña, en donde se asentó hace años.
Estamos deseosos de tranquilidad, de una tranquilidad que se me antoja imprescindible para cuando desaparezca lo que le llevó, tarde y mal, a declarar el estado de alarma. Permita, por favor se lo pido, que después de ese estado de alarma haya desaparecido también, insisto en que se lo pido por favor, la verdadera y más grave alarma que está generando con su proceder. Deshaga el abrazo que recibió de su socio en el gobierno. Puede hacerlo con todos los razonamientos. ¿Qué respeto merece quien ni tan siquiera respeta a la norma máxima de nuestra nación, rechazando incluso la figura de quien preside nuestro Estado?.
Los calificativos con que se le viene tachando en los últimos días merecen que demuestre, que lo intente al menos, que es Vd. merecedor de ser un líder indiscutible. Le aseguro que rectificar no tiene por qué ser solo de sabios.