Lo peor del verano
FÍJENSE que el cambio de siglo se ha zampado cosas y casos, pero, sin embargo, no ha podido con la monstruosa canción del verano. Hemos ido viendo caer ideologías, sólidos pilares, asentadas convicciones, pero, lo de la canción del verano sigue ahí, como un eterno retorno del horror. Es un tema este poco estudiado por la sociología, lo mismo por miedo a los resultados, que a ver quién es el majo que los da a conocer. Hay mucha tela marinera antropológica que interpretar en esto de la canción del verano. Y eso que dentro de la jerarquía de lo peor siempre se pueden hacer malabarismos y saltos mortales asombrosos, vamos, ir a mucho peor. Un paseo por un estribillos da para una nueva entrega de la serie «Sé lo que hicisteis el último verano». Veamos: «el alacrán, el alacrán, el alacrán te va a picar»; «una vieja y un viejo van pa Albacete, van pa Albacete», «un rayo de sol, guo-guo-guo», pues bien, después de tales perlas del cutrerío, el espanto se supero a sí mismo con estribillos como «mami qué será lo que tiene el negro», «pajaritos por aquí, pajaritos por allá», y demás secuelas del escalofrío. Con el franquismo, con la democracia y con los cien mil hijos de San Luis, el hilo conductor de nuestra historia estival, es, fue y será la canción del verano. Es más, antes desaparece el fútbol, que ya sería desaparecer. Y lo asombroso, no es la dichosa canción, sino que se venda. Hombre, tampoco es que los Beatles tuviesen su mejor día cuando compusieron aquello del submarino amarillo, pero seguro que en inglés tenía su aquel. La canción del verano también es cultura, argumentarán algunos. Ya, pero no de la del siglo de oro, precisamente. Todo sería cuestión de tomárselo a chufla, si no fuera porque, al final, la subcultura de la subcultura termina actuando como una anestesia sobre las inquietudes y el gusto. Y lo que es peor, copándolo todo, contagiando, marcando estilo. Menos mal que a Georgie Dann este año no se le ha ocurrido nada. Un fallo de inspiración lo tiene cualquiera. ¡Bien!