LA ALMENA
Esencia de León
EN para San Froilán. Es el consejo de amigo si alguien forastero quiere beber esencia de León. Es el día, ayer lo fue, en el que los pueblos leoneses condensan en la calle Ancha lo mejor de sí mismos. Tiempo de extender pendones, de abrir arcas y de montar en los carros guapos de la autosuficiencia. Todo un símbolo rodante de cosas que se nos han ido y que se nos van al paso lento pero inexorable de los bueyes. Es una fiesta pero también un río de reflexión. Vienen hasta el gótico las gentes y aperos de los pueblos y vienen tan pulcros que se diría que llegan desde arcadias felices e intocadas. Pero la realidad es otra. El León rural, es un espacio desangrado, trastocado profunda, quizá definitivamente, en sus equilibrios ancestrales que demostaron tener más virtudes que defectos. Hemos dejado perder formas de entender la vida que hoy se añoran porque se basaban en conceptos que ahora hay que buscar al microscopio como la solidaridad, el apoyo desprendido al vecino, el respeto a unas normas elementales de convivencia que no estaban ni escritas sino como insertas en los genes. Cuando en estos días de tamto cambalache suben las gentes encorbatadas a hablarles deles de democracia a esas gentes de la montaña que ya peinan canas, piensan para sus adentros que qué milongas les están contando. Quienes aún vivieron días de duras pero alegres facenderas, quienes espalaron hasta la extenuación por un vaso de vino en esos inviernos de cuando la nieve era una señora de cuidado y no una señoritinga, intuyen muy bien cuál es el sentido auténtico de la palabra democracia. Una palabra que no tiene que ver con la demagogia barata que llena la boca de los charlatanes de turno -vendedores de promesas que no creen ni ellos mismos- sino fundamentalmente con el respeto al otro. Toda esta riqueza, cuya moneda es tan sutil como lo son los buenos sentimientos, no ha sabido aprovecharse y se está dilapidando. Causa grima ver cómo tantos pueblos ya son casi una ficción. Casas remozadas, hermosas casonas, pero vacías la mayor parte del año, y que sólo se abren en el verano para que la algarabía de los nietos del exilio confunda al visitante despistado. Todo un universo de jubilados se reparte por esa ancha periferia tan rica en memoria y en recuerdos como austera de porvenir. Esos pendones, y estos carros pletóricos de hogazas y tomillo, nos llegan con el color del desasosiego. Y es que nos ha tocado ser testigos de estos tiempos de acabamiento de una cultura, arcaica en muchos aspectos, pero también sumamente aleccionadora en aspectos de validez permanente. Y somos conscientes de que cosas muy importantres se nos van como el agua entre los dedos.