el balcÓn DEL pueblo
Brisa de libertad
ESTRENAMOS el mes mágico del otoño con un homenaje: el ofrecido, el Día del Mayor, a Miguel Suárez Orejas, 104 tacos, leonés, testigo completo del último siglo, en el que ha buceado este periódico para llevar a sus estanterías dos tomos, con 1.300 páginas, y no menos de 10.000 fotografías, como si fueran la memoria viva del siglo. Vivir un siglo no sé si es un prodigio genético o una putada del destino. Miguel Suárez Orejas, abstemio, honrado, trabajador y no rencoroso -es su definición de vida- sustenta en esas cuatro patas su longevidad. Y le añade dos diagonales: comer poca grasa y beber poco alcohol. Una receta imposible para mí, acostumbrado a bendecir cerdos al horno y a suavizar sus harturas con el Ballantines, con hielo y agua, por favor. Suárez Orejas, como el Miguel de Leopoldo Panero, tiene 104 años, pero no convence. Y del Día del Mayor, pasamos a la festividad de los Ángeles Custodios, patronos de la Policía. Asisto todos los años a su festividad. Por una razón: son ellos, o deben serlo, nuestros ángeles custodios. En esta edición 2002, además, lo hice con más entusiasmo, ya que imponían a José Rodríguez Quirós, presidente de la Audiencia Provincial y amigo del alma, la Medalla al Mérito Policial con distintivo blanco. Pero salí del acto con algunos quejidos. No me refiero al ejercicio de otro ángel, San Martín, secretario general, tan pulcro, tan exacto, tan en su papel de sobriedad como hijo de Regueras de Arriba; San Martín se limitó al papel de maestro de ceremonias. También entra en el capítulo de exenciones el adjunto del comisario-jefe: Carlos Vázquez, distinguido con idéntica Medalla al Mérito Policial con distintivo blanco. El segundo de la Comisaría de Policía se limitó a dar las gracias, en nombre de los condecorados, y a recordar a los ausentes, no por neglicencia, sino por la trágica y dolorosa obligación de los bestias que abrazan el terror. Las dos intervenciones clave fueron del comisario jefe, Ángel Miñambres, y del subdelegado, Víctor Núñez. Los dos dijeron casi lo mismo. Su filosofía fue idéntica: preservar en la ley y el orden. Tuve la sensación de que están jerarquizados, incluso en los argumentos. A ninguno de los dos les escuché que también tienen la obligación de ser garantes de las libertades de los ciudadanos: de las mías y de las de ustedes. Menos mal que el jefe superior de Policía de Castilla y León, Segundo Martínez, que se multiplica como las setas, enmendó la plana en la cena y nos abrió otro ventanal de libertad. Segundo Martínez es un leonés recalcitrante. Asistió a la festividad en Ávila, a la que dignificaron el ministro del Interior y el director general de la Policía, pero llegó a León para estar con los suyos. Y para transmitirnos la brisa de libertad. Cambió el paisaje. Dejó de ser tan sombrío como lo pintaron por la mañana. Más dulce y blanco se lo exhibirán hoy al Príncipe de Asturias, que acude a la inauguración del Auditorio de León. Es la segunda sesión de terciopelo. Casi todo lo que inaugura el PP tiene dos actos. Sólo cambia el autor del epílogo o el encargado de bajar/subir el telón.