Diario de León
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PROVECHANDO la situación de crisis del sistema autonómico que estamos viviendo, algunos dirigentes socialistas están acusando a José María Aznar de haber llevado a los nacionalismos hasta la radicalización y, de ese modo, poner a la democracia española en peligro. Para los socialistas la propuesta del homenaje mensual a la bandera española en el centro de Madrid es una provocación típica del estilo de Aznar. Entienden que este acto forma parte de un ajuste de cuentas histórico entre españolistas y nacionalistas y que, por esa razón, lo ha puesto en marcha el Gobierno. La conclusión para el PSOE es clara: el agravamiento de las relaciones entre las fuerzas constitucionalistas y las nacionalistas permite evocar la época de Felipe González como un periodo ciertamente no exento de problemas pero no hasta este punto de dramatismo al que nos han llevado los gobiernos del PP. Dicho de forma lacónica: con González no corrió nunca peligro la unidad de España. Este es el mensaje que lanzan hoy los mensajeros de Zapatero. Indirectamente se viene a decir que el nuevo líder es capaz de mantener el rigor y la firmeza que desarrolla en el Pacto Antiterrorista sin romper los puentes del diálogo con el PNV y CiU... La memoria es, con mucha frecuencia, inútil y quizá lo sea también si yo recurro a ella para recordar que el fortalecimiento de los movimientos nacionalistas tuvo su origen en la estrategia de González. En efecto este pensó que la fórmula que podría asegurarle el poder por mucho más tiempo debería ser la de un reparto del Estado entre el PSOE y los nacionalistas (Madrid para el primero, y Cataluña y el País Vasco para CiU y el PNV). Esta estrategia no sólo significó un reconocimiento de los nacionalismos sino también su consolidación. Ciertamente se produjo una distensión y una comprensión sin límite de los hechos diferenciales pero también una rampa hacia la hegemonía de aquellos y el debilitamiento del Estado. Lo que estamos viviendo hoy no es sino una consecuencia de aquel periodo. Basta recordar los gobiernos de coalición del PNV y el PSE y por lo mismo las concesiones en educación y sus consecuencias. Nadie pone en duda hoy que la educación fue el vivero de muchas perversiones durante aquellos catorce años: el odio a España y el terrorismo entre ellas. Durante la etapa felipista no llegaron a producirse situaciones como la del Plan Ibarretxe porque la ruptura del Estado se estaba produciendo de forma cotidiana y silenciosa. Sólo la desmemoria o la desvergüenza intelectual permitirían decir que esta situación de hoy no ha tenido una gestación lentísima y sin resistencia. Porque lo que ciertamente sucedió con Felipe González es que no hubo resistencia.

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