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León

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PREFIERO escribir de personas antes que de cemento y hormigón, pero si que hay que hablar de cosas muertas, mejor hacerlo de las piedras. De piedras viejas, marcadas por el paso del tiempo, por las horas lentas y el silencio de la Tebaida berciana, como las que aún dan forma a las ruinas del Monasterio de San Pedro de Montes. Si alguien se detuviera a leer en sus piedras, sabría que las primeras tienen quince siglos de antigüedad y que el monasterio es la cuna del monacato occidental. Que allí vivieron tres santos, San Valerio San Fructuoso y San Genadio, sin los que resulta imposible -dicen los expertos- entender la historia religiosa de Europa. Y la religión, en los siglos oscuros del Medievo y hasta hace bien poco, era el centro de la vida del hombre europeo como hoy lo sigue siendo de otras civilizaciones. Han tenido que pasar más de 160 años desde el incendio que en 1848 dejó en ruinas el monasterio y marcó el final de su influencia, unos años después de la desamortización de los bienes de la Iglesia, para que uno de los monumentos más marginados por las administraciones reciba lo que su historia merece. El comienzo de las obras de restauración, esta semana, sólo es comparable a la llegada de los primeros fondos para recuperar el castillo de Ponferrada, que a mediados de los noventa permaneció un tiempo cerrado por temor a que alguna piedra de sus muros se desprendiera a destiempo y hoy es un excelente ejemplo de lo que las instituciones que nos gobiernan deberían hacer para preservar los edificios emblemáticos de un territorio. No hace tanto, la maleza y el abandono se comían las piedras del Monasterio de Montes para desesperación de su párroco, el rector de la Basílica de La Encina, Antolín de Cela, que estaba dispuesto a cerrarlo a los visitantes, como en su día se cerró el castillo de Ponferrada. De Cela no ha predicado en el desierto, aunque hayan tenido que pasar tres años más desde que la Junta de Castilla y León decidió encargar al arquitecto Eloy Algorri la redacción de un plan director de las obras de restauración y la adjudicación de los primeros trabajos urgentes. Serán poco más de 300.000 euros para invertir en la iglesia del siglo XVIII que aún se mantiene en pie y abierta al culto, y para financiar el desescombro y la limpieza de la vegetación más agresiva para el monumento. Todavía no es tarde. El Monasterio de Montes aún está a tiempo de sobrevivir al comienzo del tercer milenio, como lo esta el castillo de Cornatel, también pendiente de restauración, o el yacimiento prerromano de Castro Ventosa, que esta semana ha sido el centro de unas jornadas de divulgación y también recibirá fondos. Y es que después de décadas de silencio, alguien, en alguna parte, ha comprendido que la historia no se escribe sólo en los libros. Que las piedras también hablan.

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