Diario de León
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León

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EN los países de la OCDE se está desarrollando una singular forma de autoritarismo que podría denominarse Estado Terapéutico. Desde el tabaco al alcohol, los poderes públicos están decididos a proteger a los ciudadanos de sus propios actos en un ejercicio de paternalismo poco justificable. En esta filosofía se incluyen las regulaciones del Gobierno español sobre la publicidad, la distribución y el consumo de alcohol y tabaco. Si el Estado se preocupa por la salud física de la población, también debería ocuparse de la moral, lo que llevaría a justificar la censura. En cualquier caso es necesario decir un rotundo no al derecho del Estado a protegernos de nosotros mismos. Las razones son claras. Si un individuo autónomo y consciente de sus actos decide consumir alcohol y/o tabaco, el Estado no tiene porqué impedírselo. Lo único exigible a las empresas productoras y distribuidoras es una información adecuada de los riesgos derivados de consumir esos productos. Cualquier otra opción atenta contra la libertad individual, supone tratar a los ciudadanos como seres incapaces de tomar sus propias decisiones y además no sirve para eliminar la «adicción» de los consumidores. En el caso de los menores, las familias y no el sector público son quienes deben velar por su bienestar. Las regulaciones-prohibiciones no se han traducido en un descenso de la demanda de esas sustancias en ningún país avanzado. Desde una óptica utilitaria, los consumidores de alcohol y de tabaco pagan en concepto de impuestos mucho más de lo que cuestan a la sociedad. Sanidad gasta por el alcohol y el tabaco un tercio de lo que recibe Hacienda por la venta de esos productos a través de la recaudación fiscal. Por otra parte y, con cierto cinismo, si los fumadores y los alcohólicos mueren antes realizan una contribución a reducir el peso de las futuras pensiones, cuya situación es bastante precaria. ¿Quién da más?

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