Diario de León

desde la corte

Más allá de la anécdota

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León

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LA visita de Jatamí quedará como la de un incómodo huésped que nos creó insólitos problemas de protocolo. En medio de gran escandalera mediática, es el ayatollah que se ha negado a dar la mano a la Reina y a cualquier mujer que se le haya acercado. Y ha sido el fundamentalista que prohibió el vino, ese gravísimo pecado que nos condenará a todos al fuego eterno. Estamos en la cultura de la imagen, y estos «pequeños detalles» han sido más determinantes de la opinión que todo lo que este hombre negocia en España. Más allá de esos episodios, hay tres aspectos que interesan a la crónica política. Uno es el propio discurso de Jatami. Sabíamos que era un reformista; lento, pero reformista. Ayer le escuchamos hablar de democracia para Irán. No sabemos a qué tipo de democracia se refiere, porque detrás de sí tiene la ley islámica que permite ejecuciones y ablaciones; pero si habla de un sistema de corte occidental, y España ha servido algo para ese cambio, debemos dar por bien empleados los sacrificios del protocolo. Lo mismo hay que decir de ese proyecto de diálogo entre las civilizaciones occidental e islámica. Es lo más alentador que se ha escuchado en los últimos meses. Si hay una frontera que divide al mundo globalizado, es la que separa a esas dos civilizaciones. Ahí están las semillas del odio. Invertir en acercamiento es invertir en el negocio de la paz. Que un fundamentalista como Jatami se ofrezca a liderar el proyecto, es el mejor de los indicios. Y el tercero, la oportunidad que Aznar ha cogido al vuelo para hacer ante Irán una política distinta de EE.UU.. Para Aznar, Irán no está en el eje del mal. Ignoro si el Presidente es sincero. Pero, al apartarse estratégicamente de Bush, envía un desmentido a quienes le acusan de seguidismo. Si está en dudosa forma para combatir el «efecto Zapatero», sí está ágil para impedir que le metan más goles.

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