La inevitable indiferencia
Tal y como está la vida, la indiferencia se ha convertido en una aliada del buen juicio. Es juicioso aquel que no se toma la vida demasiado en serio. No es un adagio original mío, sino que ya los clásicos, al menos algunos que desarrollaron un conocimiento serio del buen vivir, lo recomendaban.
Tomarse demasiado en serio las cosas no es bueno para la salud y tampoco resulta práctico. No somos dueños de nuestro destino y la vida nos va colocando en nuestro lugar hagamos lo que hagamos. No se trata de defender un sentido fatalista de la vida, pero es cierto que las circunstancias se imponen una y otra vez. Ortega nos marcó el camino; no nos podemos desprender de las circunstancias que nos rodean, forman parte de nosotros como los dedos de la mano.
Si lo dicho hasta aquí pudiera tener un cierto sentido hasta fechas recientes, en el momento actual adquiere especial sentido práctico. Si repasamos algunas de las noticias que han marcado la actualidad informativa en las últimas semanas, podemos apreciar algunas de ellas que promueven una actitud de indiferencia o de cierto estoicismo.
Cuando una sociedad democrática debate si está justificado, o no, un quebrantamiento grave de la convivencia bajo una falsa defensa de la libertad de expresión, es que está en un serio declive. Precisamente la democracia se caracteriza, entre otras cosas, porque en ella caben todas las formas de pensamiento, incluso las que la niegan. Pero, lo que no cabe es el recurso a la violencia para defender postulados ideológicos.
El Estado democrático tiene el monopolio del uso de la violencia y siempre lo debe ejercer en defensa del pacífico ejercicio de los derechos y libertades que son la esencia y valor de la democracia. Y, debe ejercer esa violencia dentro los límites que la ley marca, pero también sin complejos.
Es muy importante para la buena salud de nuestra sociedad que todos tengamos claro que la conducta de los ciudadanos honestos y respetuosos de las normas, tendrá la recompensa bien merecida de disfrutar de una paz social que es la base del progreso y contribuye definitivamente a su felicidad. Por el contrario, aquellos ajenos al respeto de sus semejantes, bienes privados y públicos que no les pertenecen, deben tener la certeza de que podrán ser recompensados con un acto de fuerza y en su caso disfrutar de algún tiempo de retiro social en unos edificios con toda clase de comodidades que se caracterizan por poder entrar, pero no poder salir cuando ellos quieran. Eso sí, todos los gastos y cuidados corren por cuenta del Estado.
Lamentablemente, el mero hecho del debate sobre cuestiones tan obvias, conducen a muchos ciudadanos a la tristeza e indiferencia fruto de la resignación. Frente a una violencia organizada por unos parásitos que no tienen otra cosa que hacer, las medidas coercitivas de las que dispone la sociedad para protegerse, se someten a juicio permanentemente.
No es malo plantearnos si los medios represivos de los que dispone el Estado son apropiados, o no, para garantizar la defensa de la democracia, es parte del propio sistema democrático. Pero, lo que es un suicidio, es poner reiteradamente en cuestión la legitimidad del derecho de los ciudadanos honrados a que su Estado los defienda frente a las agresiones de grupos que quieren hacer volar por los aires la paz social.
Ante panorama tan desalentador, la indiferencia se impone de forma inevitable al ciudadano que individualmente se siente desvalido e impotente para hacer frente a una violencia que le abruma.
Es necesario enviarle un mensaje claro por aquellos que tienen la responsabilidad de garantizar su seguridad en el sentido de que ellos hacen lo correcto siendo ciudadanos cumplidores con sus deberes cívicos.
Una de las peores cosas que nos puede ocurrir, es que los buenos ciudadanos, los que respetan a los demás, los que trabajan para sacar adelante sus vidas, se instalen en la indiferencia que es la antesala de la ataraxia. No le demos la razón, por favor, a Don Pío Baroja.