Un hombre en la frontera
En 1974, cuando yo lo conocí, entraba en la madurez de sus cuarenta años, contados desde 1935, fecha de su nacimiento en La Baña. Para entonces ya había vuelto de Suiza, donde estuvo unos años trabajando emigrado. José Martínez Bayo, que ese es su nombre, fue un hombre de frontera. Muerto ahora a los ochenta y seis años, sobrepasó el límite fronterizo en torno a esas décadas finales del siglo XX y llegó a ver la tierra, su tierra prometida, donde aún pudo vivir unos cuantos años, pero en realidad este ya no era su mundo, detenido, como el bíblico de Moisés, al otro lado. Intentemos pues delinear esa frontera.
Nuestro hombre era conocido en La Baña por el apodo de Carril o Carrilano. Curiosamente, el término esconde un eco nada menos que de la remota presencia romana en estas tierras. Las huellas de los canales o acequias trazados en las laderas del valle del Cabrera para llevar el agua a la explotación de las Médulas se denominan carriles. La explicación popular del término lo asocia a carro, seguramente porque esos canales, abandonada la función para la que sirvieron, fueron, al menos en algunos tramos, reutilizados como caminos. En realidad el término es una adaptación fonética del plural de acequia en latín: «corrugi».
José fue uno de los primeros bañeses que emprendieron el camino o carril de la emigración a principios de los 60, en su caso hacia Suiza. De ahí salió con el apodo. Pero la palabra emigración define otra circunstancia fundamental de un hombre de frontera. En ese tiempo, tras la guerra civil y la mundial, se reanudó un movimiento iniciado en Cabrera ya a finales del XIX y mantenido en las primeras décadas del XX. Entonces el destino fue América, Cuba y Argentina, y se detuvo tras el crack de 1929.
Pero todavía antes de esa perspectiva apareció en La Baña otra no menos excepcional en torno a la explotación de una mina de wolframio en la montaña de Casayo, limítrofe de La Baña, que supuso una fuente inesperada de ingresos en la precaria economía familiar de pura subsistencia. Muchos hombres acudieron al reclamo de ese trabajo con el terrible coste entonces ignorado de la siembra en sus pulmones de un polvo envenenado, que no mucho tiempo después empezó a cobrarse la vida de hombres todavía jóvenes asfixiados por la silicosis. No fue el caso de Carrilano, que también trabajó en Casayo, pero por poco tiempo antes de sus veinte años. No obstante, con el paso de los años se le fueron agravando los síntomas de la silicosis.
Al tiempo que la mina, apareció un horizonte igualmente nuevo como fue la construcción de las grandes presas hidroeléctricas en la montaña entre Zamora y Orense. Una de ellas fue la triste y trágicamente célebre presa de Vega de Tera. En enero de 1959, recién terminada y con el agua al límite, la presa reventó y una avalancha descomunal se precipitó valle abajo y arrasó el pueblo de Ribadelago hasta frenarse en el lago de Sanabria. Carrilano había trabajado en ella a temporadas. La tragedia constituye otro hito en un hombre de frontera.
Y tras esos trabajos vino la explosión migratoria dicha, que en unos diez años llegó a dejar los pueblos cabreireses sin aliento. Pero a continuación empezó en La Baña la explotación de las grandes canteras de pizarra. Ello coincidió asimismo con el cambio sociopolítico en el país en ese tiempo de la transición hacia la democracia. Todas esas circunstancias coincidentes y aunadas transformaron por completo el pueblo de La Baña y la vida de sus gentes, con el abandono progresivo del campo y la ganadería, sustento secular de una forma de vida definitivamente superada.
En la madurez de sus años a Carrilano le tocó asomarse a otra Cabrera totalmente distinta a la tradicional y antigua, pero no llegó a traspasar la frontera entre ambas. Había nacido y se crió en ese ámbito grandioso de altas laderas y profundos valles en el regazo de la gran montaña cabreiresa, donde nace el río Cabrera que se acuna en un lago. Ese era el ámbito mágico propicio para la transmisión de leyendas de un fascinante encanto, como aquella de la gigantesca serpiente enamorada de un pastor o la de la bella encantada en forma igualmente de ofidio monstruoso en la laguna de Río Puertas. Y junto a ellas, se transmitían otras legendarias historias, así la del caballo que dejó el conde en las praderas de La Baña con la amenaza de muerte para quien le anunciara la del caballo. Este fue el diálogo entre el conde y el bañés encargado de decírselo: «Su caballo está muy gordo y muy bizarro; le entran las moscas por la boca y le salen por debajo del rabo». «¡Pero entonces está muerto!». «Usted lo ha dicho, no yo».
Al volver de Suiza había levantado una casa en la que abrió, también en eso pionero, un bar restaurante con el nombre de su apodo, que fue desde el principio un referente notorio en toda Cabrera de acogida cordial, trato familiar y excelente yantar. La decadencia de la edad y otras dolencias como la silicosis contraída en la mina lo llevaron ante la última frontera imposible de esquivar. Yo lo evoco en el momento de su muerte con la declaración del escritor mallorquín Cristóbal Serra sobre la suya: igual que él, también José, «cansado de sus límites, escapó hacia lejanos confines».