TRIBUNA
La mejor inversión es el trabajo
Y no es demagogia, pues estamos viviendo un momento histórico en el que se maneja la flexibilidad laboral, mezclándola con la crisis de valores empresariales y cualquier candidato a trabajador que se enfrenta por primera vez al mundo laboral puede verse sorprendido por el nuevo orden de cosas que rige el mundo laboral. La verdad es que si nos creemos las justificaciones que dan los economistas a los vaivenes de las finanzas, se nos antojan tan desesperantes como las previsiones del tiempo. Hemos pasado de una economía cíclica a una economía de coyuntura permanente, heredamos un mundo cuyas referencias eran el trabajo, la familia, la ética y alguna previsión para el futuro. Y lo estamos convirtiendo en un escenario de eterna provisionalidad cuyos valores sólo aguantan el presente, en el que el ahorro se justifica solamente con el endeudamiento barato, en el que la familia es un conjunto de individuos que comparten poco más que un espacio, alguna comida semanal y el apellido, mientras que, el trabajo no es más que el medio de generar dinero para pagar las trampas que creamos. Ante la ausencia real de profesionales en la mayoría de sectores, se han creado diplomaturas, masters y nuevos títulos que han surgido en torno al murmullo de las nuevas tecnologías, el ocio y estos servicios creados para mejorar de la calidad de vida, mientras que para los otros trabajos más populares y por tanto necesarios en el día a día parece que la llave está en el grifo de la inmigración. La necesidad de ponerle nombre a las cosas, que es la nueva corriente popular creada para desviar la atención de los problemas reales, no puede hacernos olvidar que el trabajo simplemente consiste en tener alguna habilidad y conocimiento y arrendarlo a determinado patrón que comprará nuestro tiempo, pero a menudo no sabemos negociarlo sabiamente y lo único que nos quedó del marxismo es la sublimación del «capital» que después nos roban con el consumo innecesario. Se ha generalizado la creencia de que un título o cualquier tipo de papel, incluso un currículo bien engordado, es la garantía para mantener un puesto de trabajo, y la falsa creencia alimentada por algunos formadores elitistas de que el contrato de trabajo es un pacto de obligaciones sólo para el empresario. Ello ha provocado un empobrecimiento real del mundo laboral y de las relaciones humanas, mientras la empresas suspiran por la implicación de sus buenos trabajadores, la mayoría de los currantes sólo desean acogerse cuanto antes a una prejubilación, acumular meses para cobrar el desempleo o saltar de un empleo a otro por cuatro euros de mejora, un coche de empresa y un móvil. Se ha generado una corriente perversa en las relaciones laborales envenenada por la propia ambigüedad de la economía. La dependencia de las cotizaciones bursátiles, la pluralidad de demagogia empresarial y la falta de empresarios está determinando unos modelos de contratación peligrosos y dañinos que no tienen que ver con las posibilidades de inserción indirecta que ofrecen fórmulas profesionalizadas como el trabajo temporal y las modalidades de contratación reales y flexibles. Puesto que muchos de los jóvenes que actualmente están preparándose contemplan el escenario laboral simplemente como un mercado al vaivén de la oferta y la demanda, la mayoría de los recién titulados desconoce cual será su futura profesión y difícilmente al insertarse en una primera empresa cree que realmente puede ser su proyecto de futuro. Casi nadie invierte en su formación excepto para acceder a oposiciones o a una posible categoría profesional que permita un standing superior. Se está creando un ejército con oficiales pero sin tropa, casi ningún titulado universitario ha realizado previamente tareas menores de su profesión, pocos ingenieros saben manejar la regla de cálculo, pocos mecánicos sabrían soldar el cigüeñal de un coche o tornear una esfera y pocos yeseros pasarían la prueba de la plomada. El problema no está ni en la dificultad para entrar en el mercado de trabajo ni en la falta de formación, quizás una parte importante del mismo radica en la fragilidad del sistema, pues la manifiesta falta de talento, tenemos el ejemplo de la música o esta televisión rosa infumable, es paralela a la ausencia de auténtica necesidad, el ingenio sólo se despierta con el hambre, una vez cubiertas las necesidades básicas, todo lo demás es opcional y mientras existan alternativas sin esfuerzo, será muy difícil el desarrollo. Es más fácil subvencionar que competir, de ahí la destrucción galopante del planeta. El mensaje de conclusión debería ser especialmente para todos los que disfrutamos de la oportunidad de cambiar el estado de nuestra propia existencia, siempre a nivel individual, como consumidores exigiendo que nos sirvan y nos den mejores productos ya que para esto los pagamos y desde la óptica de trabajadores, siendo capaces de ser un poco más generosos, la simple actitud de hacer bien lo que hacemos, poner algo más de lo que tenemos dentro, ya es una forma de dejar espacio libre para recibir lo que nos falta.