CRÓNICAS BERCIANAS
O más policía, o circuito
UN «GTInosecuántoscaballos» se zampa los cero a cien en treinta metros. Antes de derrapar frente a la sala de juegos, su espinilludo piloto esquiva de un volantazo a un tierno benjamín que cruza la calzada con una barra de pan bajo la axila. El chaval permanecía aún petrificado por la infernal aparición de dos neuronas sin casco en sendos scooters, avanzando hacia él por dirección supuestamente prohibida. Porque su progenitor le había reconvenido segundos antes para que oteara uno y otro extremo de la calle, pero él ya conocía que en esa avenida ningún vehículo debiera de circular en sentido contrario al de la señal redonda y colorada, con una franja blanca en el pleno centro, que franquea una de las entradas. Cuando los tres desafiantes conductores se apean de sus monturas son recibidos alborozadamente por una albondiga que se anuda la coronilla con una sebosa cola de caballo, y una especie de anguila que debe sufrir algún tipo de disfunción en sus glándulas salivares porque no cesa de segregar jugos sobre la ya de por sí astrosa acera. Acaso sean algo mayores que los pipiolos que a diario se arremolinan frente a la puerta de la sala en pleno horario escolar y que con la ley en la mano algún agente del orden debería pastorear hacia las aulas casi a diario. La mayoría no es mala gente. Aunque siempre sobresale la «borrokilla», un morenito que hace alarde de una navaja muchísimo más afilada que su romo cerebro, y un blanquito que juega a ser camello de hachís. El futuro no tiene buena pinta para ellos. Pero en el barrio hay problemas más graves para la vecindad, que ve alterada su pacífica convivencia al margen del microcosmos poco tutelado de la sala de ¿recreo? Lo que todo el mundo se pregunta en Ponferrada es como siendo ésta una ciudad que podría considerarse segura en la cotidaneidad, donde se puede pasear a cualquier hora del día sin necesidad de ir reojándose el espinazo por encima del hombro, por qué diablos no se sintetizan los esfuerzos policiales sobre los escasos pero clamorosos puntos de conflicto. Pongo por ejemplo, el barrio del Temple, donde la «borrokilla» y los beodos juveniles campan a sus anchas o en el entorno de la estación de autobuses, donde los demacrados yonkis componen escenas de un costumbrismo deleznable y amedrentan a transeúntes, potenciales viajeros, y a todo «tronco» que ose cruzar su iris con el de ellos. Por no hablar ya de los improvisados circuitos de F-1 que se montan las noches de los fines de semana cuatro primates escasamente evolucionados. En Ponferrada la solución es sencilla. Sólo es necesario más interés en el equipo de gobierno, y mucha más coordinación y rigurosidad policial. Antes de que cualquier día ocurra lo que jamás tiene remedio, y a todos nos envuelvan la rabia y las lágrimas. Por lo pronto, aún cabe la hilaridad, y como dice algún amigo mio, lo que hay que pensar con esta cantera de alicorados «Schumachers» es en ir reivindicando ya para el Bierzo el anhelado circuito de La Bañeza.