Diario de León
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León

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STOAGA ha sido sometido a un linchamiento público y tal vez eso pudo influir psicológicamente en su decisión». Iñaki Anasagasti, a quien pertenecen esas palabras, se sumaba así, de forma sibilina, a quienes han aprovechado la muerte del asesino etarra Félix Gil Ostoaga para destapar la olla de una presunta guerra sucia. Es comprensible que, auque todo avala la tesis del suicidio, que el hermano del terrorista dé por hecho que «se lo han cargado» pero que el portavoz parlamentario del partido que gobierna en el País Vasco asuma ese burdo juego clama a todos los cielos aunque lo cierto es que ya todo está visto y en tres dimensiones. Mientras la hipotesis del suicidio va cobrando fuerza por momentos, el gobierno de Vitoria carga las tintas sobre los medios de comunicación «por la campaña de acoso derribo contra la concesión del tercer grado a Gil Ostoaga». De nuevo se cargan las armas con la irresponsabilidad de unos dirigentes que confunden el grano y la paja y que, día a día, se hacen cómplices de la ignominia. Un mínimo sentido de la equidad y de la justicia obliga a reconocer que es la propia peripecia vital del sujeto en cuestión la que ha desembocado en su muerte violenta. Él solito se ha ido cavando su propia fosa con apoyo de su ceguera congénita, de su salvaje crueldad y de su ignorancia. Probablemente ha sido también víctima de sus propios miedos: los que se derivan de reconocer que se ha ido tan lejos que no hay vuelta atrás que valga. Las caras desfiguradas de los muertos, el clamor estruendoso de quienes les quisieron y les siguen echando en falta, suelen jugar malas pasadas por las noches por mucho que un presunto ser humano se quiera poteger con el impermeable del fanatismo. Por eso, la ambigüedad de Anasagasti es vileza pura cuando se la coloca al lado del historial de esa máquina de hacer daño. El País Vasco no necesita para nada dirigentes cobardes y confusos sino gentes valientes y decididas que abran los ojos y levanten una bandera ética que señale el rumbo de las prioridades esenciales. Comenzando por preocuparse por las víctimas en mayor medida que por los verdugos, seres inanes, sujetos que acaban naufragando en su propia miseria. La auténtica revolución que está por hacer en aquellas tierras ya no es política es, fundamentalmente, de índole moral. Y lo peor es que no hay motivos para ningún optimismo cuando ni siquiera en la Conferencia Episcopal se logra un consenso pleno sobre lo básico y lo esencial: sobre el derecho a pensar y a vivir.

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