EL MIRADOR
Los secretas
Una política carroñera no puede vivir sin una información carroñera. O al revés, no sé. Es injusto decir que hay periodistas a sueldo, porque todos lo estamos. Pero hay algunos sueldos más soldados que otros. Porque desde que amanece la cantamañana hasta que se hace la cantanoche medra las quintacolumnas de los delatores, las gestapos de sus capos. En el ambiente podrido de Madrid, pringado rompeolas de las Españas, un diputado del PP abre el correo electrónico pornográfico que todos hemos abierto y unos arteros ojillos maliciosos clavan por la espalda la delación y la expanden entre grandes y escandalizados frémitos de cofrades mayores y menores. Pero sólo dura días. Las rogativas a San Martín tienen éxito y un diputado del PSOE hace un comentario privado -que los suyos jalean a escondidas- para pasto de la tramposa grabadora periodística, la cual difunde la despreciable torpeza y la convierte en abono de grandes y escandalizados frémitos de los otros cofrades rivales, también mayores y menores. Unos gritan por la dignidad de las mujeres traicionada por el correo electrónico impúdico y lo hacen desde televisiones pornógrafas o antes de los cientos de anuncios de prostitución de sus periódicos. Los otros ocultan torpezas bajo el fuel pesado de la sordidez que otras veces demostraron, como las grandes risotadas que uno presenció cuando el miserabílisimo acoso y derribo de Pilar Miró. Y, por detrás, incluso convencido, el periodista-topo diseña encerronas de cámara oculta, perpetra sacadas de contexto y remetidas de textos, delata conversaciones privadas a escondidas grabadas, espía ordenadores ajenos, gestiona la política con el chivatazo, arrastra los despojos de la delación hacia las mandíbulas de los hipócritas puritanos, y después se va a tomar unas cañas y a brindar por la libertad de información, con la segunda ronda contra el paro.