Diario de León
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León

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Sea la tradición norteña del abeto encendido en bolas titilantes o la de los Reyes Magos camino de Belén a rendir amor al Niño Dios, guiados por la Estrella de Oriente y el haz dorado que alumbra los desiertos de Judea y Sinaí, las noches más largas del año, las del solsticio de invierno, aparecen negras, oscurísimas, bajo el dosel infinito de un celaje salpicado de minúsculas lucecitas plateadas, las de constelaciones cuyas figuras -Osa Mayor, Vía Láctea, Andrómeda, Virgo, Géminis...- y estrellas famosas -Polar, Sirio, Saturno, Venus...- llenan de misterio y asombro el espíritu de los hombres, con la Luna, fecundadora, reloj de cosechas y edades, enigma y diosa, solo entendible por sabios hechiceros. Nuestra civilización capitalista, esclava del dinero y el lujo, de gastar energía soberbiamente, llena la noche de millones de bombillas, con la electricidad de falso maná gratuito. Una ciudad, pueblo, carretera o polígono fabril, solo parecen importantes si, en cuanto oscurece, una nube de farolas enciende su paisaje. Da igual que sean o no útiles. Lo oscuro, lo lóbrego, la noche, tan natural como el día, es ahora sinónimo de condicionante favorable para que malencarados, violadores, extraños o personas sospechosas tramen sus fechorías. La nocturnidad, antaño, circunstancia para el sueño y el desfile sigiloso del animal bravío, activo al retirarse el trajín humano, se convierte en paradigma de la falta de seguridad. Millones de hispanos dados a la juerga noctámbula y, al unísono, la peligrosidad, el riesgo: Papalaguinda, sus putas, borrachos y vividores emergentes cuando pasea el licántropo, el hombre lobo devorador de caperucitas.. Mucho ganaríamos si llega la moderación y pedimos a políticos, empresarios y particulares que apoyen el usar menos luz a la noche. Esta claro que el mejor kilowatio es el no gastado, el ahorrado. La atroz contaminación lumínica, injustificable en su desmadre, impide hasta el contemplar las estrellas y gozar la serenidad de la bóveda celeste.

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