Ilusión
Estamos en un tiempo propicio en nuestra cultura, la Navidad, para que la fe y la ilusión se fundan y se confundan en sí mismas. Hay un dicho que siempre ha tenido mucho tirón: «De ilusión también se vive», que viene a poner de manifiesto la fuerza de la imaginación humana como motor del vivir. El «me hace ilusión, o es ilusionante, es la ilusión de mi (o su) vida» etc., ponen de manifiesto la importancia del concepto. Aunque el término ilusión puede ser considerado también como una alteración en los campos perceptivos, mucho menor, por supuesto, que la alucinación, comparte con ésta última una forma de ver o sentir lo que realmente no existe. No existe en la realidad externa, pero sí en la realidad interna del sujeto que las experimenta, y que, no pocas veces, ejerce de guía en su conducta. Pero dejemos la alteración patológica para centrarnos en la «normalidad» del empleo del término. A este respecto, transcribo literalmente las definiciones de la RAE: «Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos». También, y esto lo remarco: «Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo».
Escuchemos a Calderón de la Barca, uno de nuestros más excelsos literatos (soldado de mozo y sacerdote de vocación tardía) en su famosa obra La vida es sueño: «El vivir solo es soñar». «¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción…» ¿Acaso vivimos en la ilusión de ser, únicamente? Con tales planteamientos, la vida, la existencia humana sería un engaño, una apariencia, un sueño. «Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». Un paisano de mi pueblo iba más allá en su valoración y decía, con aplomo, que la vida era, simplemente, una trampa. Continúa Calderón, en su libro: «Todos sueñan (ricos, pobres, buenos, malos, odiadores y odiados) lo que son, aunque ninguno lo entiende». Y ya se sabe que, siguiendo los dichos, «quien vive de ilusiones, muere de desengaños» o, también, «quien vive de ilusiones, muere de realidades». Pero, dejando aparte estos aforismos tan rotundos, me voy a referir más bien a la ilusión convertida en creencia (o viceversa); es decir, «tanto monta, monta tanto…»
Cuando el hombre se desgajó del tronco de sus hermanos, los primates o, más bien, se desvió del camino trazado por la naturaleza para los mismos, logró, poco a poco, hacer su propio sendero en el ecosistema que, al pasar el tiempo, se ha convertido en una gran autopista de muchos carriles. Y todo gracias a la ilusión, bueno, y al sueño, aunque no sabría distinguir si primero fue el sueño y después la ilusión o viceversa (la inteligencia no habría sido más que un instrumento puesto a su servicio). Tan es así, que las mitologías y las religiones están cargadas de sueños e ilusiones que se superponen y que se «persiguen» tratando de conseguir que unos y otras se hagan realidad. Lo malo es que, según el dicho, si esto no se cumple («quien vive de ilusiones muere de desengaños y realidades») llegaría la muerte. Pero para este problema, la muerte, el hombre ha buscado, también, otra solución, la resurrección. Hasta tal punto es importante, fundamental esta creencia (ilusión convertida en verdad) que, sin ella, «vana es nuestra fe» (San Pablo dixit). El paisano de mi pueblo sentenciaría: «Jodidos estábamos y jodidos nos quedamos». Es sabido que, desde siempre, y más en la actualidad, la Ciencia se está volcando en conseguir dicho objetivo, la resurrección, o bien el de vivir eternamente sin pasar por el tránsito de la muerte. Es, pues, vital creer para continuar viviendo, es decir soñando con ilusión.
Lo programado por la naturaleza, aun siendo mucho y extraordinario, se le queda escaso al hombre. Éste necesita ir más allá, llegar a comprender todas las leyes de esa misma naturaleza, dentro y fuera de su humanidad, y domeñarla. Para ello necesita soñar e ilusionarse. Y como, poco a poco, ha ido desentrañando algunos misterios ya no parará nunca en seguir buscando y descubriendo más y más. Así da un sentido diferente, sublime, a su propia existencia, y no como la de sus parientes primates, tan limitados y previsibles, «pues no tienen dos dedos de frente…» Por el momento, me parece que tiene todavía búsqueda para rato. ¿Y qué pasará cuando ya no le quede nada más por descubrir, agotados los sueños y la ilusión? Buena pregunta para la que ignoro, realmente, la respuesta. ¿Buscaría, acaso, su destrucción, siguiendo otro de los motores y objetivos que han marcado su andadura en la vida? Porque de destruir sabe un rato. A este respecto me viene a la cabeza una frase de Einstein sobre el futuro de las guerras mundiales: «La cuarta será con palos y piedras». Es posible que quisiera don Albert alertar, sin duda, de las consecuencias de la catástrofe nuclear, y la vuelta a empezar de la humanidad, pero quizás también de cómo la realidad acabará con la ilusión, aunque nunca esa realidad acabaría con los cimientos de la propia naturaleza humana. Con lo cual volvería a repetirse su andadura. Claro que si eso ocurriera cabe preguntarse: ¿Merecería la pena volver a empezar? El hombre puede hacerse esa pregunta; el resto de los seres vivos no, o al menos es lo que cree o supone. Es decir, ¿podría el ser humano, una vez alcanzada esa cota de libertad, utilizarla para enfrentarse a la ley de la naturaleza y renunciar a continuar su andadura? Esa ley de la naturaleza mediante la cual todo ser vivo está obligado a seguir estando vivo (hasta que le llegue la hora de morirse) y a reproducirse. Una forma de conseguirlo sería la negativa colectiva a reproducirse, con lo cual la especie humana se apagaría cual vela a la que se le acaba la cera; algo que a nivel individual siempre se ha dado (tanto recurriendo al suicidio para no seguir viviendo, como declarándose contrario a tener hijos), y cada vez va dándose más, sobre todo en los países más ricos (¿más avanzados?). Ello sería el fin. Me viene a la mente, también, la imagen del holocausto de la humanidad que, dados los acontecimientos actuales, y la consabida tendencia del hombre a la destrucción, tampoco me extrañaría nada que se llevase a cabo.
Y si eso no ocurriera, ¿qué nos quedaría? ¿La Esperanza, esa pata del trípode de las virtudes teologales que junto a la Fe y la Caridad darían el sentido a la vida del hombre, según el catecismo de la Iglesia Católica? ¿Y para los no creyentes, qué? ¿Y para los ateos que postulan que el hombre no fue creado por Dios, sino que, al contrario, fue el hombre quien creó a Dios? Yo me inclino por lo que define el diccionario como esperanza: «Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». Similar: ilusión. Dicho de otra manera, no nos quedaría otra que seguir ilusionándonos si quisiéramos seguir viviendo, incluyendo la fe, que es «creer en lo que no vemos». Ya dijo Jesús: «si tuviereis fe, nada os será imposible». Los no creyentes lo tienen más difícil, pero es lo que hay, aunque, ingenuos, tengan fe en que los políticos están para solucionar el problema… No me seáis, pues, incrédulos si queréis seguir viviendo…