TRIBUNA
No sabe uno adónde mirar
Quizás los políticos deberían encauzar a la gente joven con más y mejor educación. No hace falta tanta protección, con pocas y buenas indicaciones podemos llegar lejos
No me extraña que haya gente que no quiere saber nada de cuanto se despliega en la tele y en la radio. Más bien apaga y atiende a otras labores: lectura o cine. El «y tú más» es una sinfonía que corta la mayoría de las discusiones que presenciamos, sin que sepamos quién tiene la razón. Para todo hay. En esto, es verdad, no conviene ser dogmático, porque al cabo del tiempo se da vuelta la tortilla. Y si es verdad que cuando el río suena o ruge es que hay agua, no siempre baja como quisiéramos.
Si los políticos fueran a lo que deben, no habría tanta chapuza ni tanto chorizo. No me cansaré de decir que tendría que haber en el parlamento y sobre todo en los gobiernos personas entendidas, expertas, aunque se necesitaran algunos asesores para estudiar los diversos proyectos. Unos pocos, nada más. Y unos políticos con talante dialogante, no fans ni forofos. Además, los tiempos deberían ser cortos, no más allá de ocho años. Así cada cual volvería a su trabajo y renovaría la fuente de la energía para encarar el futuro. Ahora, como vemos algunos se eternizan en el cargo, cuando no van pasando de parlamento a parlamento, como en el juego de la oca. Y sin rubor. El telediario se resume en una serie de crímenes y corrupciones que nos hace retrotraer a otros tiempos. No hay más que leyes prohibitivas que nos cercan y no sabe uno dónde está el límite. Ya casi echamos el pie fuera de casa y no sabemos hacia dónde tirar, no sea que nos demos de bruces con muros insospechados. Quizás los políticos deberían encauzar a la gente joven con más y mejor educación. No hace falta tanta protección, con pocas y buenas indicaciones podemos llegar lejos. Y para eso está la escuela. Si el árbol no se endereza de joven mal vamos después. Hagamos unas leyes educativas consensuadas y dejemos crecer los árboles.Está todo en cuestión. Y ante todo la justicia. Y sabemos que si la justicia no ejerce su función de independencia mal vamos. Cada estructura del Estado ha de erigirse con total garantía y no a expensas de un partido o de otro. La legislación no debe basarse en derechas ni izquierdas, sino en el bien común. Quien la hace tiene que pagarla y después veremos en qué onda está. Pero, bien mirado, las leyes no deben obedecer a criterios políticos, sino humanos y comunitarios. Lo mismo que nos alabamos cuando en un desastre la gente colabora sin reparo, en los momentos duros de violencia ha de haber unos castigos acordes. Ni más ni menos. ¿Es tan difícil consensuar los límites del desatino? Sentémonos y aparecerán.Tampoco es bueno olvidarse de la política, porque casi todo está bajo ese paraguas queramos o no. Posiblemente nadie sabe a qué obedece que uno apoye a uno o a otro. Quizás haya razones para ambas opciones, pero sería más sensato acercarse a primar la existencia de a lo sumo dos partidos, cuya alternancia vendría dada por la acertada o desacertada actuación. Y no digo con esto que sobran las demás opciones. En absoluto, pero deberían pesar mucho menos en las determinaciones fundamentales. Eso se ganaría con las segundas vueltas en el caso de que ningún partido ganara ampliamente. Para matices y cosas menores podrían apoyarse en otras secciones. Claro, esto es hablar por hablar, porque nadie se lo quiere plantear y menos con el caos de partidos minoritarios. Tal vez, en los ayuntamientos —que deberían tener más influencia en el ciudadano— podrían tener más fuerza estas fracciones. No lo sé. Miradas las cosas desde estas dos vertientes, podría llegarse a acuerdos de relevancia. Si el fin es el bien común, la concordia entre todos, la paz y el bienestar, no puede ser que los partidos tarden en ponerse de acuerdo. Lejos de la política está levantar un país donde prime la concordia y la armonía. No debería ir nadie contra nadie, sino a favor del otro. ¿Sería inaudito que la gente se llevara bien y se ayudara cuando fuera necesario? Todos contestaríamos que sería lo más razonable, sería fabricar un espacio de sana convivencia. ¿Utópico? Desde la actual óptica, sí. Pero estaríamos cerca del paraíso perdido.Si hubiera personas sensatas y expertas no podría ser tan difícil construir un mundo nuevo, no debería costar tanto llegar a acuerdos, facilitaríamos la vida de los demás. En esto se debe empeñar la vida, los pocos o muchos años que vivamos. Y esto no iría ni de izquierdas ni de derechas, sino de poner los medios necesarios para que la vida sea más llevadera, para que las desigualdades no se agrandaran de forma inusitada, para que nadie estuviera perdido en la selva salvaje de la sinrazón. Este sería el único afán común: luchar para facilitar la vida de cada cual.Perdonad esta fantasía, quizás la poesía y la guerra —¡qué mezcla más potente y desigual!— me han llevado por estos derroteros. No creo que este camino echara abajo los crímenes, abusos, desequilibrios…, pero seguro que los superaríamos mejor. Iríamos todos a una y así se podría limpiar mejor el camino de todos. Algunos, seguro, marcharían por otras veredas. Allá ellos.En concreto, pediría a los políticos que se empeñen en solucionar los dos grandes problemas de la sociedad: migración y trabajo. Tienen que esforzarse conjuntamente en dar una respuesta a estos dos problemas. Ya. No valen paños calientes, ni dispersión en asuntos menores. Aquí radica el todo: ponemos en orden la afluencia de gente de otros países para subsanar la falta de descendencia entre nosotros y abrimos el cajón de los trabajos para que nadie quede en el aire. Si son capaces de arreglar estos desajustes, la sociedad irá viento en popa. Pero solo se conseguirá con la suma de los grandes partidos. Olvídense de otras leyes que desvían la atención de lo esencial y céntrense en esto. Se lo agradeceremos eternamente.