TRIBUNA
León es una mina
Parece más que urgente replantear el modelo de desarrollo y exigir un sistema político más justo y solidario. León merece recibir una compensación

La frase del título contiene un matiz admirativo y elogioso. Quienes hemos alcanzado esa edad a la que todo el mundo quiere llegar, pero nadie quiere tener, recordamos una película del cantante Antonio Molina, muy popular en sus días, titulada Esa voz es una mina. Se aludía, claro, a la gran calidad de su voz, la que lo había hecho famoso en el mundo de habla hispana y le había permitido ganar muchísimo dinero.
En un sentido mucho más literal, podemos afirmar que León ha sido y sigue siendo una mina. Y los leoneses nos hemos vanagloriado de ello durante algún tiempo. Hemos sido testigos, además, de la admiración despertada en tantos estudiosos que se han acercado a nuestra tierra. Uno de los más importantes y atinados, Julio Caro Baroja, acertó a escribir: «Difícilmente se podrá encontrar en toda Europa una región en la que los elementos de la cultura moderna se hallen tan en armonía con los datos de un pasado remoto como en León». No cabe elogio mayor a la singularidad y coherencia de nuestra tierra a lo largo de los siglos. Pero bien pudiera ser que el destino de los leoneses haya venido marcado desde los más remotos tiempos por, quién lo diría, su riqueza natural. Basta recordar la mina llamada
La Profunda, que se remonta nada menos que al Neolítico, una mina de cobre y cobalto en la que se descubrió un mineral casi único en el mundo: la villamaninita, exportada en su mayoría al Reino Unido. ¿Y qué decir del oro? Nuestra tierra dio a Roma oro en abundancia —a la vista queda la enorme herida geológica de Las Médulas—, hasta el punto de ser la más rica fuente de oro de su inmenso imperio. Y ya más cerca de nuestros días, las minas de hierro y de carbón, el volframio o wolfram, tan codiciado durante la Segunda Guerra Mundial. Por cierto, la primera siderurgia de España se instaló en Sabero, pero fue desmantelada por orden del gobierno debido a las presiones del poderoso
lobby vasco, según nos contó a Merino y a mí el sacerdote Julio de Prado, gran cronista de la zona. Son muchos los leoneses que todavía recuerdan cómo el hierro y el carbón se enviaban a las industrias del País Vasco. Pero, ya cerradas esas minas, quedan otras que, sin ser reconocidas como tales, no son menos importantes. Me refiero a los numerosos embalses construidos en la provincia: Riaño, Porma, Luna, Villameca, Bárcena, Las Rozas, Matalavilla, Montearenas, que proporcionan agua en abundancia para la electricidad de toda España. Esto supuso el dolorosísimo desarraigo de las poblaciones desplazadas y ha convertido a nuestra provincia en la de mayor costa interior de la península; solo el embalse de Riaño cuenta con 103 kilómetros de costa. ¿Qué beneficios obtiene León de todo esto? Algún regadío, sin duda, pero tan pequeño en comparación con los beneficios de las hidroeléctricas que más parece una coartada para justificar el enorme sacrificio de nuestras gentes. Porque, como digo, somos una mina. Una mina para el resto de España, que no para nosotros. Coincidí en un acto con el gran actor Imanol Arias, nacido en Riaño, y me comentó indignado: «¿Cómo es que Iberdrola no paga un canon anual a la provincia de León por todo el sacrificio hecho y por el agua que de allí se lleva?». Y es una buena pregunta. De aquí salió el oro, el hierro, el carbón, de aquí sale el agua y ahora también quieren llevarse el aire de nuestras montañas, esas que han sido declaradas
Sipam por la FAO (Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial), siendo el primer territorio de España en recibir ese reconocimiento, al destacar «el valor de su agricultura y ganadería tradicional, su biodiversidad y el papel clave de las comunidades locales en la preservación de estos sistemas». Pero, ¡cuidado!, porque ahora quieren nuestras montañas. Primero fueron los mejores valles, ahora también las montañas. Las quieren, sí, y las tendrán. Así es y así seguimos: somos una mina. León es una mina. Los leoneses, según han demostrado con números el profesor Julio Lago y el analista Javier Callado, hemos ido cayendo de manera estrepitosa en la misma medida que hemos ido perdiendo poder político dentro del sistema autonómico. Se nos gobierna con algo peor que la desidia, pues es manifiesto el deseo de privarnos de lo que éramos desde los tiempos de Roma, el
hub del Noroeste español, por eso nuestros males arrastran a todo el Noroeste, Lugo, Zamora, Orense, y a la misma Asturias. Tenemos una estructura política nacional que para contentar a las regiones con pulsión separatista —no por casualidad las más ricas— se premia descaradamente la insolidaridad y el egoísmo. Y así hemos llegado a la España de
¿qué hay de lo mío? En Teruel lo entendieron con ese partido Teruel Existe. En León, no. La españolidad de los leoneses es tan arraigada que no han entendido que votar hoy según el espectro ideológico, izquierda o derecha, ha dejado de ser funcional. Basta mirar cómo nos ha ido con esta autonomía de Castilla Y León, que resulta que no es lo uno ni lo otro. León nunca fue Castilla. León fue una de las dos Asturias, que la gente debe saber que hay dos, de ahí el plural, una trasmontana, la provincia de Oviedo, que recoge indebidamente el plural, y otra, la Asturia Cismontana, o sea, León, conocida así porque la capital de los astures se desplazó, siempre dentro de su propia tierra astur, de Cangas de Onís a Pravia, luego a Oviedo y finalmente a Legio, o sea, León. La historia leonesa es la historia de una tierra rica que ha acabado por empobrecer a su gente. Cobalto, oro, hierro, carbón, agua, energía eólica... Los recursos han cambiado a lo largo de los siglos, pero la realidad de abandono permanece inalterable. La provincia sigue siendo una mina para el resto de España, pero no para sí misma. Parece más que urgente replantear el modelo de desarrollo y exigir un sistema político más justo y solidario. León merece recibir una compensación adecuada por sus recursos, inversiones que generen empleo y oportunidades, y un proyecto de futuro que frene la despoblación. León necesita poder político propio, como el que tienen Asturias, La Rioja o Cantabria. León necesita su propia autonomía. De lo contrario, León continuará siendo un chollo para España, pero una condena para sus propios ciudadanos, obligados a ver marchar lejos a sus hijos y a un empobrecimiento generalizado.