Diario de León

Fernando Rodríguez Fernández

Ingeniero Agrónomo

El campo mirando al sol

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En un pequeño pueblo del Páramo leonés, una de las comarcas agrícolas más modernas de España, se está instalando una silenciosa planta de paneles solares. No es la primera, pero es preocupante que, en el corazón de esta vasta extensión de tierras de regadío, caracterizadas por su alta productividad y su importancia para la agricultura local y nacional, esté alumbrando una nueva amenaza. Así como antaño fuera el estramonio la malévola planta que saltaba de finca en finca arrastrada por gradas y vertederas, ahora se cierne sobre el campo leonés una transformación en el uso del suelo que podría ser el principio del fin para el campo aquí y en muchas partes de España: La invasión de paneles solares.

La demanda de energías renovables, alucinógeno económico de la cultura woke, ha polarizado la política energética europea sin plantearse lo que realmente necesita Europa. Mientras que algunos lo ven como un paso hacia la sostenibilidad energética, muchos expertos y agricultores alertan sobre las consecuencias irreversibles para el campo español. Algunos países como Alemania o Francia llevan algunos años desconfiando en silencio de las renovables, perezosas en días nublados unas, y en jornadas de calma chicha las otras. En España, en cambio, apostamos todo al sol y al viento, y dinamitamos las centrales térmicas en una clara política de tierra quemada, sin importarnos el patrimonio cultural e industrial que vuela por los aires. La voladura de la central térmica de La Robla, la juzgarán generaciones futuras, cuando pregunten por qué en el siglo XXI se destruyó un patrimonio que bien podría convertirse en atractivo centro cultural para entender la minería en nuestra provincia. Nosotros hemos dejado que nos la arrebataran engañados con una factura exorbitada de nuestra compañía eléctrica, en la que la mitad del coste se debe a impuestos, muchos de ellos para las renovables. Pero no queremos ver la realidad porque es más fácil pensar que, como el sol sale todos los días sin coste para el mundo entero, sería de tontos no tener energía gratis. ¿Cegados por el sol? No: la ceguera del que no quiere ver ni pensar. Como si hubiera algo gratis. En España no solo hemos renunciado al pensamiento crítico, hemos renunciado al pensamiento a secas. Hemos superado el

que inventen ellos por un nefasto que piensen ellos. Y ese ellos son precisamente son los fondos de inversión sin alma y políticos europeos mediocres sin corazón que tanto criticamos en la barra del bar. Hemos comprado que todo lo que suene a renovable es bueno

per se, pero no es cierto. Las renovables son necesarias, pero no a cualquier precio. La invasión de tierras fértiles no puede ser una opción lógica. El impacto visual de aerogeneradores o paneles solares no puede ser consentido en todo lugar. Las redes eléctricas que van a inundar nuestros cielos, y van a esquilmar potenciales usos del suelo con servidumbres de vuelos no deben ser toleradas sin evaluación de su afección al mundo rural que deseamos. Esa España vaciada la van a llenar de redes, cables, y armatrostes para dar servicio a unas ciudades que lloran la pérdida del campo mientras consumen series en streaming mullidos entre cojines fabricados en Bangladesh. Cada planta de paneles no sólo ocupa el terreno en el que instala. También requiere una red de evacuación que puede tener decenas de kilómetros. Sin ir más lejos, la planta que se está instalando en Villadangos del Páramo, lleva asociada una red de alta tensión que se traslada por el aire desde Villadangos hasta Vilecha. Atravesando cientos y cientos de tierras, matando otros desarrollos, cercando pueblos y creando un

Skyline que bien parece sacado de una distopía propia del cine de los ochenta. El proceso de urbanización y cambio de uso del suelo es una constante de la historia humana. Sin embargo, la transformación de tierras agrícolas fértiles en parques solares marca una tendencia preocupante en el mundo rural. Si el modelo actual continúa expandiéndose, el campo leonés se enfrentará a una profunda crisis en su capacidad para sostener la vida rural. A medida que la presión por la transición energética se intensifique, la lucha por mantener la agricultura en áreas de alta calidad agrícola podría convertirse en uno de los mayores desafíos para la sociedad leonesa. La preocupación por el futuro del campo es legítima, ya que las políticas energéticas no deben ser incompatibles con la preservación de los recursos agrícolas. Si no se adoptan medidas adecuadas para equilibrar ambos sectores, la invasión de paneles solares en tierras de cultivo de regadío podría ser solo el principio del fin del campo en toda España. Nuestra generación tendrá que decidir si queremos energía limpia o comida. Mientras con una mano sostenemos el revólver sobre nuestro viejo pie europeo, con la otra nos comemos los alimentos sin control que importamos de terceros países que contaminan sin sonrojo, ajenos a lo que pasa en un pequeño y tranquilo pueblo leonés.

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