Diario de León

Gaspar Méndez

Economista, Profesor De Geografía E Historia

Sargadelos y la rebelión de Atlas

Como decía Ayn Rand, «cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de los que nada producen... podrás afirmar que tu sociedad está condenada»

Como decía Ayn Rand, «cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de los que nada producen... podrás afirmar que tu sociedad está condenada»

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Fue durante el confinamiento cuando me decidir a leer las más de mil páginas de La rebelión de Atlas, la gran novela de Ayn Rand; seudónimo de la filósofa y escritora rusa, emigrada a los Estados Unidos, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, creadora del objetivismo.

La novela se desarrolla en una Norteamérica decadente y socializante, dominada por un estado que asfixia cualquier tipo de iniciativa. Un sistema en el que políticos y burócratas, aliados con los empresarios prebendarios, tratan de mantener su privilegiada posición saqueando a los sectores productivos y paralizando la economía. Los protagonistas de la novela, Dagny Taggart, vicepresidenta de una compañía de ferrocarriles, y Hank Rearden, empresario siderúrgico, luchan sin demasiado éxito contra este sistema burocrático que los asfixia y aboca a sus empresas al cierre, y al país a la ruina. Frente a ese régimen opresivo surgen científicos independientes, empresarios honestos, artistas individuales y trabajadores responsables que se niegan a ser explotados por esa sociedad parásita. En la novela, muchos de ellos acaban desapareciendo misteriosamente, abandonando sus negocios y empresas, alentados por un personaje misterioso, John Galt, que llama a una huelga, a una gran renuncia de todos esos ciudadanos productivos, para «detener el motor del mundo» y privar a la sociedad de esas mentes, tan denostadas, pero responsables de la creación de riqueza y del bienestar social. Ayn Rand los identifica con Atlas, el titán de la mitología griega que carga con la bóveda celeste sobre de sus hombros, queriendo demostrar, con esta metáfora, que un mundo en el que el individuo carece de libertad para pensar y crear, está condenado al fracaso, y que la destrucción del afán de lucro lleva al colapso de la sociedad. En la novela, tanto Dagny como Hank acabarán renunciando también, para trasladarse a un mundo nuevo y secreto, el de John Galt; un mundo libre y lleno de oportunidades. En nuestra sociedad apenas es perceptible en el día a día, pero con el paso del tiempo nos vamos dando cuenta de esa renuncia silenciosa de miles de comerciantes, agricultores y pequeños empresarios que, ahogados por los impuestos y por una burocracia asfixiante, cierran, para pasar a engrosar las filas de los asalariados del capitalismo prebendario, de esas grandes empresas que se benefician de los presupuestos públicos a través de las subvenciones. En este contexto, la postura del empresario Segismundo García, con el anuncio de cierre de la emblemática factoría de Sargadelos, nos recuerda un poco a John Galt cuando llama al mundo a renunciar, a cerrar y mandar todo al garete. En su caso yo también renunciaría. Y no entiendo como no lo hace también Amancio Ortega. Si me veo vilipendiado por mi Gobierno; un Gobierno al cual le pago más de dos mil millones de euros en impuestos, y cuando cuarenta y seis mil personas trabajan directamente en mis empresas; marcharía para las Bahamas, que son a la vez paraíso fiscal y tropical. Le dejaría mis empresas al gobierno, a la Xunta, o incluso a la UE, que tanto da; y aún viviría para ver cómo las convierten en naves achatarrables. Como decía Ayn Rand, «cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de los que nada producen; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quien trafica no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada».

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