Diario de León
Publicado por
Jorge Revenga
León

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Muchos, la mayoría, estamos deseando que la Semana Santa salga a la calle. Y otros muchos -estos ya no mayoría-, tenemos muy claro que una procesión debe quedarse en casa cuando se atisba un mínimo riesgo de lluvia o de cualquier otro meteoro que ponga en peligro un patrimonio que hemos heredado de nuestros antecesores desde hace siglos.

Lo ocurrido el Viernes de Dolores me dejó atónito.

La plaza del Grano estaba abarrotada. Después de una tarde gloriosa, climatológicamente hablando, poco a poco, el cielo se fue cubriendo. Llegaron las ocho de la tarde y no se atisbaba que la procesión que abre la semana de diez días fuera a salir. Hubo retraso. Algunos, móvil en mano, barruntaban que justo encima de nuestras cabezas había una pequeña borrasca activa. Todo seguía en silencio. Y comenzaron a caer pequeñas gotas de agua. En ese mismo momento una amiga me preguntó si saldría la procesión. Yo, serio, le dije: no creo. Está empezando a llover y, si no suenan las campañas, la Virgen no sale a la calle. No había acabado mi explicación cuando el campanil del Mercado se arrebató.

Poco a poco, por la Cuesta de las Carbajalas se atisbó la Cruz de Guía, los primeros estandartes, la Banda de Música del Dulce Nombre que tocaba ¡Oh Virgen del Camino, Reina y Madre! -quizás le estaban pidiendo perdón- y ya entonces, la gran mayoría de los espectadores, tenían los paraguas abiertos.

En cuanto pasó la Madre por la puerta de la Hospedería benedictina, casi todos hicimos mutis por el foro. No podíamos creer cómo se tomó la decisión de salir cuando el agua ya estaba cayendo.

Hubo irresponsabilidad. Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Aunque nadie asumirá las culpas. Y quizás no se trate de eso. Sino de que se actúe, en el fututo, conforme a las reglas del sentido común. Y la sensatez.

Para otro día podemos dejar la transformación que ha sufrido este cortejo. Habría que preguntarse por qué se ha echado de las filas a los cientos de mujeres que acudían vela en mano a acompañar a quien llevan rezando durante nueve días o, quizás, toda su vida. Por qué, poco a poco, año tras año, se les aleja más del paso. Por qué, mediante un sistema de vallas que parece que se instalan -sólo- para querer echar a los devotos, se dificulta, cuando no se impide, de muy malas maneras, el poder acercarse a la salida. Alguien me dijo hace un par de años que esta procesión que era, sobre todo, del pueblo, se había paponizado de tal forma que había perdido su esencia. Lo comparto plenamente. Es una pena.

Por lo demás, y como siempre -ésa sí es la costumbre a mi juicio equivocada-, esta procesión que lleva dos bandas tocando al aire, permite que la Virgen vaya sin música. En el precioso pregón que el pasado sábado pronunció Marta Franco nos dijo que no hay nada más triste para un músico cofrade que ver los ojos de la imagen a la que habían ayudado a caminar. Pues en ésta, ni siquiera ven su espalda.

No suelo hablar mal públicamente de nuestra Semana Mayor. Y tiendo a disculpar los errores. Pero hay ocasiones en que no puedo estar en silencio. Y es que llueve sobre mojado.

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