Diario de León

Creado:

Actualizado:

Tratando del futuro en las relaciones humanas, una persona muy querida por mí me comentó: «Estamos empezando a instalarnos en un sistema nuevo, en una era líquida. Nada de anclajes y estabilidad; las relaciones, el trabajo, el sexo, todo se basa en el fluir, en la líquida inestabilidad que pretende ser un surfeo constante de insensatez, de falta de palabra, compromiso y definición…». Después añadió: «Como para hablar de valores, moral u otros principios que procuren armazón a la sociedad, a la comunidad». Podrías escribir un artículo sobre eso, me invitó. Me quedé pensando. No era la primera vez, obviamente, que me topaba con ese concepto, «lo líquido». Un personaje en nuestra España doliente, y experto en mentiras, denomina la verdad a aquella que se adapta al continente, de tal forma que una mentira en un continente determinado (contexto, circunstancias, intereses etc.) puede convertirse en verdad si es trasladada a otro continente apropiado al efecto. Pero no es lo mismo, me dije a mí mismo. Quizás, más que líquido, el término «gaseoso», dado su estado volátil, encaje mejor en lo efímero.

Además, los propios conceptos de sociedad líquida, verdad líquida, realidad líquida, modernidad líquida, amor líquido etc. se han implantado en la sociedad desde hace mucho tiempo y hay abundante literatura y trabajos sociológicos y filosóficos al respecto. ¿Para qué, entonces, escribir un artículo sobre un tema ya manido? No sé, me respondió, quizás por el planteamiento que haces entre lo que tú denominas «dinámica entre natura y cultura», una forma de tratar de entender la relación que existe entre ambas dimensiones, que a veces es sintónica y otras distónica. A lo mejor algo tiene que ver. Accedí, pues, a reflexionar sobre el particular. El hombre, inmerso entre ambas fuerzas (naura y cultura), es al mismo tiempo observador y protagonista de su resultado. Creyéndose libre por la cultura trata de domeñar o superar a la natura, aunque ésta no tarda en recordarle que las «necesidades» y la muerte le esperan a la vuelta de la esquina, que es polvo solamente, aunque proclame con Quevedo que es «polvo enamorado». El hombre, libre y esclavo al mismo tiempo, tratando de resolver el enigma de definirse. A veces cree haberlo logrado, pero cuando presume de victoria se le cae el sombrajo, y vuelta a empezar. Natura sería todo aquello que viene genéticamente impuesto en el ser humano. Cultura sería todo aquello que ese mismo ser humano aprende y cree modificar (o lo pretende) en su futuro y, quizás, en su propia esencia. En otro artículo mío, titulado: «Cuidado al invocar el nombre cultura», hacía mención a las formas tan distintas, a veces contradictorias, para definirla; así: «cultura del trabajo versus cultura del ocio, cultura de la paz versus cultura de la guerra, cultura de la contracultura, subcultura, post cultura etc., e incluso cultura de la incultura». La cultura proporciona mitos, creencias, valores, leyes, hábitos de conducta etc. que se incardinan en la sociedad y que deben ser compartidos por el grupo. Vemos, pues, que se desprenden al menos dos corolarios fundamentales: uno, que la cultura trata de «sublimar», o dominar a la natura, y dos, que la sociedad exige de sus miembros la adhesión y obligación de aceptar sus principios. Esto sigue teniendo vigencia a través de los mitos, leyes, códigos diversos, modas, impuestos de toda condición, etc. Hablaremos después de las disidencias y su importancia en la sociedad. Dinámica del proceso: La naturaleza tiende a desarrollarse siguiendo unos patrones preestablecidos para subvenir a las necesidades de alimentarse, protegerse, procrear y procurar el crecimiento de la prole. Para lograr su objetivo, impone, a la vez que facilita, habilidades específicas para lograrlo, una serie de normas de conducta, de ligazones afectivo-sociales, cumplimiento de roles diferenciados de sus miembros (incluidas las diferencias entre sexos) etc. Hasta ahí lo «impuesto» por la naturaleza (lo cual no excluye variantes y fallos clamorosos ocasionales de la misma). La cultura, siguiendo ese mismo patrón, busca perfeccionarlo a su modo y manera, y a fe que lo consigue en algunos de sus cometidos, aunque otras veces falla, pervierte el patrón natural, y así surgen la envidia (mito de Caín y Abel), el engreimiento, el endiosamiento y su castigo correspondiente por comer la fruta prohibida (mito del paraíso terrenal), el ansia desmedida de poder, el odio en sus diferentes formas (mito de los ángeles y demonios, símbolo del bien y el mal que se instaló en el ser humano, creyendo que lo que ocurría era una lucha entre los «pecados» del cuerpo que contaminan y pervierten las virtudes del alma, residencia del bien, el soplo de Dios). Y ahí seguimos, inmersos en esa dicotomía artificial. En la historia de la humanidad se ponen de manifiesto tanto lo sublime como lo perverso del ser humano. Surge la dinámica de oposición entre lo sólido versus lo líquido, lo sublime versus lo perverso, lo permanente versus lo efímero, lo rea y natural versus lo virtual o artificial, lo auténtico y necesario versus lo engañoso y superfluo, el compromiso versus la falta de responsabilidad, lo colectivo versus lo individual, y viceversa. Estamos en una etapa en la que predominan las disidencias. Estar en contra de las normas, reclamar y exigir los derechos individuales sobre los colectivos, sortear la ley con las triquiñuelas que haga falta (no me refiero solo al Gobierno), mentir asegurando decir la verdad, buscar el bien personal por encima e incluso en contra del bien colectivo. Lo único que permanece intocable y sagrado, por el momento para la mayoría, es pagar los impuestos. En este panorama de deconstrucción, de mando en plaza de narcisistas, psicópatas y dictadores, de enfrentamientos e injusticias y potencial peligro de destrucción total de la raza humana, ¿les extraña el afloramiento de disfunciones, de alteraciones cada vez más crecientes en la salud mental, en especial de niños y jóvenes, sensibles y con las antenas mirando al futuro, desorientados por el presente? ¿Les llama la atención el clima de deserción de unos principios «viejunos» que muchos jóvenes consideran contrarios al fluir de un hedonismo que todo lo permite y nada debe impedir? ¿Para qué y por qué renunciar al placer? ¿Para qué y por qué se les declara libres y poderosos si tienen que pagar un canon de renuncia o el dolor de la pérdida? Y si, además, lo virtual y más concretamente la realidad que está a las puertas de instalarse gracias a la inteligencia artificial avanzada, y que va a resolver las ataduras del ser, ¿qué necesidad hay de esperar, solidificar, crear lazos que dan pero que exigen a su vez? ¿El bien común por encima del individual? Ja, quita «p’allá». Es posible que, ya ha ocurrido otras veces, lo «liquido» se vuelva a solidificar, se repita el ciclo que la natura trata de imponer y la cultura trata de superar. Yo, fiel a recurrir al humor para mitigar el escozor del ser, les traslado una referencia curiosa, diferente, burbujeante respecto a lo «líquido». Se trata de la «Fundación Cultura Líquida» que nace «con el objetivo de divulgar el vino como cultura». Por eso proclamo, remedando a un famoso periodista: ¡Viva el vino!

tracking