Más sobre Muxía
No cabe duda de que el acontecimiento «O Prestige» supuso la peste para la zona y sus habitantes, que vieron como el mar y sus aledaños serían inundados por el fango y el líquido negro, tan preciado como tóxico para nuestra civilización.
Pero como «no hay mal que por bien no venga», con la peste también llegarían las ayudas y subvenciones económicas, de todo tipo, así como la colaboración ciudadana para la limpieza del lugar; y lo que supuestamente ha sido mucho más relevante para el conjunto de la población: la difusión y promoción de Muxía a nivel mundial. Lo cual ha gestado una inequívoca como sorprendente transformación de un enclave hasta hace poco desconocido. En este sentido, hoy en día se puede llegar desde León en menos de cinco horas a través de autovías, bien señalizadas y pavimentadas, a pesar de ciertos tramos leoneses que dejan mucho que desear. De hecho, desde la carretera comarcal, que va de La Coruña a Finisterre, se alcanza el pequeño pueblo —denominado ahora «Muxía», siguiendo la costumbre de encumbrar las lenguas autonómicas-, mediante una flamante vía en veinte minutos. Y todo gracias al derramamiento de combustible en aquel lugar lejano, que antes era considerado una verdadera «joya» para los escasos visitantes que acudían a la zona. Sin embargo, ahora, conforme nos vamos aproximando, aun cuando aparentemente todo parece seguir igual, uno puede observar cómo el pueblo ha cambiado por completo la faz de antaño. Y no solo porque las casas hayan sufrido un maquillaje más o menos decente, o porque las calles estén infinitamente mejor adecentadas e iluminadas que antes, con aceras, paseos, carriles y demás infraestructura de mejor calidad, sino porque el conjunto urbanístico ha entrado plenamente en la hipermodernidad. Por ejemplo, donde antes había un pequeño puerto de pescadores ahora ha surgido un verdadero emplazamiento portuario, que alberga grandes y pequeñas barcas o yates, de todo tipo, con gasolinera incluida, para abastecimiento de los nuevos inquilinos. Además, hay una gran infinidad de propuestas gastronómicas. Desde bares con menú diario para estómagos poco exigentes, pasando por restaurantes con productos de diversa calidad, hasta llegar a establecimientos bien equipados y modernamente acondicionados, que ofertan alimentos que harían satisfacer el mejor paladar. Y, lo que es toda una novedad para mí: algunos atendidos por población inmigrante, tal como acontece en el resto del territorio nacional. Ahora bien, eso sí: el pescado ya no es como antaño, porque allí, en Muxía, la población autóctona ha dejado de pescar y gran parte del género viene de otros lugares. De hecho, la antigua Lonja que conocí hace años, de la mano de sus propios moradores, y en la que observé el fenómeno de «subastas», en compañía familiar, ha dejado de existir. Incluso los barcos que salen ahora a faenar ya no llevan marineros de Muxía, sino población asiática, que ha venido a paliar el creciente déficit de mano de obra para estos menesteres. Y, aunque el marisco (percebes, nécoras o centollas) sigue siendo afortunadamente del lugar, aunque a precio más considerable, olvídense de probar el antiguo pulpo sabroso de pequeñas patas y color rojizo del entorno, porque desgraciadamente ya no se encuentra, e intenten saborear el pulpo mucho más grande capturado en aguas internacionales. Por otra parte, mientras paseaba por el pueblo, desconcertado por la nueva imagen que me iba ofreciendo, no dejaba de observar la pérdida de identidad y la semejanza urbanística con otros lugares turísticos conocidos. Porque si el puerto había dejado de servir para los marineros del emplazamiento o el baño de los niños, ¡qué decir de la construcción del entorno a base de un feo granito, que se aproxima a una estación de autobuses más que a un espacio acorde con la historia de la villa! Sí, es cierto, el pueblo ha ganado en equipamiento, funcionalidad e infraestructuras en general, como cualquier entorno aceleradamente moderno, pero ha perdido el gusto y el sabor marinero tradicional en un espacio muy corto de tiempo. Y luego está la gente. Algunos de los que conocí ya han fallecido o desgraciadamente han visto mermadas sus facultades psíquicas; otros, han emigrado; y algunos pocos —como José «el vendedor de ilusiones» convertido ahora en «Joe, el pirata» — permanecen en el lugar aguantando el tipo, mientras todos tratan de vivir del enorme flujo de turistas y de peregrinos que vienen hasta allí, de Semana Santa a noviembre, bajo el reclamo del «Camino de Santiago» o la noticia del acontecimiento del «O Prestige». Por eso, es imposible dar un paso sin confrontarse con un visitante extranjero o nacional, tras haber convertido las casas de pescadores o edificios de antaño, en pisos y apartamentos turísticos por doquier. Jamás vi tanto cartel anunciador en tan corto perímetro de espacio. Así que invadido por la sorpresa no tuve más reparo que preguntar a una mujer, que salía de la puerta de su hogar, por el lugar en donde supuestamente se alojarían los habitantes de Muxía. A lo que ella me respondería, con sorna gallega y sonrisa franca: «¿Y por qué?». Y, cuando me propuse visitar el antiguo y tranquilo santuario «Da Virxe da Barca» y las «Pedras da Barca», antaño convertidas en un espacio para la meditación y contemplación del Océano más majestuoso jamás conocido, no salí del asombro cuando altavoces a todo trueno amenizaban la visita mediante cantos espirituales o la voz del mismo párroco pregonando la misa. Pero aún me aguardaba otra sorpresa. Porque siguiendo el gusto de la sospechosa propaganda cultural, genuinamente hipermoderna, a los promotores de la modernización no se les había ocurrido otra cosa, sino que plantar allí mismo, que no precisaba de nada, un enorme monolito abierto en canal para homenajear supuestamente a los voluntarios de la limpieza del desastre del Prestige. En fin, un despropósito para cualquier mirada que trate de abarcar lo más real que poseía el pueblo. Y, para finalizar la visita, tuve el propósito de acudir a la playa de Lourido para reencontrarme con la magia del pasado. Así que decidí caminar por una pequeña travesía acondicionada en medio de las rocas a partir de la modernización de Muxía. Y, donde antes no había nada de nada, ahora se abrían múltiples rutas con símbolos, carteles, leyendas, flechas…, que facilitaban el paso e informaban a cualquier visitante, pero que convertían el tránsito en un recorrido turístico sin gracia. No cabe duda de que es el precio a pagar por la entrada en la vibrante maquinaria del consumo de masas. Y así, tras el recorrido, pude observar que sí, en ese mismo emplazamiento estaba majestuosamente instalada la playa de siempre, con su recordada imagen solitaria, a pesar de que algunos individuos caminaran o tomaran el sol bajo el zumbido de un mar azulado y verdoso, sumamente transparente. Pero lo nuevo, lo verdaderamente llamativo, no era la playa sino la presencia de un magnífico Parador, en una de sus laderas, con vistas inigualables y modernamente equipado, como promesa de las autoridades en su compromiso por el desastre «O Prestige». Así fue y así es para mí, la «Mugía» y la «Muxía», que amé y que amo, a pesar de la pérdida de identidad que todo empuje hipermoderno conlleva. Sin embargo, aun cuando uno ya no sea el mismo, si confronta su mirada con el mar y la aleja hacia el horizonte, mientras permite que el ruido del viento y el aroma del lugar eclipsen los ojos, no es extraño sentir que, en el fondo, allí todo sigue igual, que nada ha cambiado ni efectivamente podrá cambiar, porque en la memoria sigue implícita la marca de un lugar necesariamente perdido, que invita a proseguir el camino. Buenas vacaciones.