Diario de León

Matías González

Sociólogo

Maridos florero

Cuando fueron mozos, él ofició de pavón de corral y gustaba lucir a su novia florero donde ahora pasea su resignada decadencia

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A las próceres del ‘feminato’ les encanta proclamarse como pobres víctimas del patriarcado machista y esgrimen como uno de los símbolos hirientes de ese abuso el de la «mujer florero» En su afán de emular los arquetipos de ese machismo que vituperan, no se contentan con apropiarse de los pantalones y las corbatas, proferir los palabros y exabruptos más agresivos, han generado un símil: el marido florero. Que ejerce en dos modos: uno, el de botarate encumbrado por un matrimonio ventajoso con una conyugue triunfadora en algún menester. Y otro, el de marido resignado a su cercano declinar, a merced de su consorte

Algún inspirado publicista descubrió, años ha, el poderoso reclamo comercial de la damita esplendorosa luciendo sus galanuras sobre la capota de un automóvil en venta. Y eso sirvió a algún menos inspirado periodista para inventar el afortunado vocablo de la mujer florero. Así también describieron otros a las finas mocitas que todo galán sacaba a lucir del brazo por las calles de su ciudad. Esa mocitas de antaño han convertido a sus compañeros de paseo en marido de por vida. Y hoy superado el rubicón del jubileo, han trastocado los papeles y es ella, no él, la que pasea luciendo a su pareja, convertido en marido florero. Los maridos floreros son exhibidos por los paseos urbanos cada atardecer por sus orgullosas consortes. Ellas, recién retocada la cabellera en la peluqueria, recién repuesto el calzado en el hiper, con conjuntado atuendo de señora respetable pero plenamente cool. En la plenitud de su edad de dama de antaño, sin reboses de alcohol en el hígado, libres de nicotina los pulmones. Cosechando el fruto de una vida de sumisión y servicio, pero reposada y tranquila, solo alterada por alguna travesura de la camada familiar. Más que caminar sobre los pavesas van flotando en el aire, levitando como Morganas sin escoba, la mirada enhiesta, el ademán enérgico, buceando entre la multitud la cara conocida al que mostrar orgullosa la pieza cinegética: su marido florero. El, de impecable etiqueta, corbatón incluido, brillante el calzado, pero con una notoria encorvadura que le hace caminar arrastrando los zapatos, la mirada apagada, el gesto contrito, a cuestas con sus gotas o sus cirrosis. Quizás han soñado un millar de veces, en el pasado, con dejar a esa mujer que le sostiene el brazo, pero nunca se atrevió a consumar el desarreglo. Y ahora, se entrega sin condiciones, ante el temor a quedar sin amparo al final de su andadura. Ya saben que la vida es una ruleta, que gira sin cesar; la novia florero, de su mocedad, ha mudado piel, como la culebra en la pradera, y ahora es él quien luce las flores. Cuando a los maridos les llega su sanmartino se agarran a las faldas de su cónyuges como despeñados al borde del barranco. Y entonces se resignan a olvidarse, de una vez, de sus amigotes, de sus parrandas, sus cacerías y sus picospardos. Y aceptan sin remedio su nuevo oficio: el de maridos florero. Y es cosa de admiración, como en la canción del caimán, ver esas parejas que pasean, acompasados y solemnes, por parques y bulevares. Cuando fueron mozos, (la vida te da sorpresas) él, ofició de pavón de corral y gustaba lucir a su novia florero por los mismos lugares donde ahora pasea su resignada decadencia. Los papeles se invirtieron, es ella, que luce su presea, para recordarle al mundo, como Pilatos al nazareno: Ecce homo; he aquí al (mi) hombre.

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