Diario de León

Manuel Garrido

Escritor

Una mujer para una vieja estampa

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Con emoción e incluso conmoción evoco a una sencilla y gentil mujer en la hora de su alejamiento, dejando atrás noventa y ocho años de andadura por tierras cabreiresas. Nació en 1926 y eso significa que su infancia primera iba a quedar marcada por la guerra civil, no importa que sus ecos sonaran lejanos en la lejana Cabrera de entonces. Fue en el largo periodo de posguerra, en el que creció y transcurrió su juventud, donde se dejaron sentir, reales y ya no en eco, los hirientes contornos de la precariedad general. La mejoría le llegó en la madurez, cuando se casó y su vida en familia se estabilizó en el disfrute de un modesto pasar hasta completar casi diez décadas de vida, repartidas pues en dos mitades, más o menos, delimitando dos situaciones, personal y socialmente tan distintas.

Había nacido en Castrohinojo, pueblo del municipio de Encinedo que se encarama orientado al naciente en la ladera izquierda del valle por cuyo fondo corre el río Cabrera y a cierta altura sobre él. Esa posición favorable permitió el asentamiento de un número de vecinos en torno a los 30 (poco más de 100 habitantes), que formaban una pequeña comunidad bien cohesionada por lazos de parentesco y una raigambre asentada en la tradición secular. Entremedias de la mitad de los años 40 y principios de los 50, sus gentes hubieron de sufrir una postrera, pero muy peligrosa réplica, del terremoto de la guerra. El pueblo fue en efecto durante ese tiempo lugar a menudo buscado por Manuel Girón y sus compañeros como refugio en casas de un par de simpatizantes. Esa presencia a algunos les causó problemas con la guardia civil y a otros el esfuerzo añadido de contribuir obligadamente a la causa con la intendencia. Al fin también esa etapa concluyó, aunque dejó una extraña secuela. Por casualidad uno o varios muchachos encontraron un día en el hueco de un muro un extraño artefacto, algo así como una bellota gigantesca color verde oscuro con escamas en la parte de arriba y una argollita en la base. No se hartaban de mirarla, remirarla y manosearla, jugando incluso a golpearla. Alguno de ellos debió de descubrir su relación con Girón y le puso nombre. Finalmente la hicieron detonar contra una roca. No pasó nada, pese al susto de muerte. Fue el último eco, no importa que estruendoso, de la guerra lejana, a partir del cual todo se fue amortiguando en el fondo de la memoria camino del olvido. Aquí, pues, nació la mujer que estoy evocando, y este fue, absorbido por sus raíces y respirado en el aire, el mundo en que se crio y creció. Apenas salida de la infancia, le tocó el pastoreo de un pequeño rebaño de ovejas y cabras. Aprendió entonces el responso a San Antonio, una plegaria para invocar su protección contra el lobo, legendario enemigo de rebaños y pastores, que después ya siguió fielmente recitando en cualquier otra circunstancia, aparte del pastoreo, de sentida necesidad. Nunca olvidaría su tiempo de pastorcita, llevando el rebaño por el monte de encinas y retamas floridas y por los vallecitos donde hilos de agua («víboras de plata tersa», en la bella metáfora de Brindis Morán, el viejo músico de Sigüeya) susurraban en el cauce a la sombra, las mañanas del radiante verano en la montaña, cuando los rosales silvestres, cuajados de rosas pálidas (las cabreiresas «rosas de raposa»), trascienden suavemente. Yo la conocí en esa segunda parte, antes dicha más venturosa, de su vida, felizmente casada en otro pueblo del entorno inmediato, Robledo de Losada, y era una mujer laboriosa y bienhumorada que se desenvolvía con todo garbo y frescura. Hablando con ella me dijo un día que los árboles frutales «empreñan» en navidad. Utilizó, risueña ante mi sorpresa, ese verbo tan sugestivo como en definitiva certero, si es que «paren» su fruto en el primer otoño. A mí me parecía estar oyendo el dictamen de un tratadista del siglo XVI, cuando a menudo sentenciaba: «manos que non dades, ¿qué esperades?». Por ella supe de un bebedizo obtenido con la cocción de la raíz de una planta silvestre para tratar ciertas dolencias en cabras y ovejas; nada especial, a no ser por el nombre que le dio: «reiz de la nuez», bello nombre en verdad con sus dos diptongaciones ceceantes a modo de acentos musicales (y donde nuez es variación de nueza, uno de los varios nombres populares de la planta). Pero entre todos los recuerdos que pueblan mi memoria de ella, siempre acaba imponiendo su imbatible primacía el de la figura de primorosa estampa antigua, magistralmente compuesta y por ella misma dibujada, cuando heñía en la masera la masa del pan para hacer las hogazas. Se lee en la Biblia esta súplica de un Job íngrimo y aflicto, yacente en suma destitución, a ese Yahvé que parece haberlo olvidado: «Anota en tu libro mi vida errante». Errante vale aquí por peregrino, y peregrino se dice etimológicamente de quien cruza por los campos. Ahora que se ha alejado de nosotros, yo imagino esa plegaria en labios de la mujer que largamente caminó por los campos cabreireses. Nadie tras el gran hebreo podría replicarla con mayor propiedad y mejor título que aquella que atendía precisamente por este nombre: María Peregrina.

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