Señor don perro
Se tienen, más bien, para conjurar soledades, para remediar frustraciones, para entretener a la prole o para facilitar los encuentros de parque

Antaño se decía que «una vida de perro» era la forma de vida más mísera; decíase que ser tratado como perro era la más alevosa de las ofensas; poner «cara de perro», el más fiero de los ademanes y ser tildado de perro. el insulto más agraviante. Canes hubo predilectos y favoritos de príncipes y magnates a los que acompañan, orgullosos y agradecidos, en lienzos y retablos de Rembrandts y Velazquez, pagados con miles de ducados. Perros heroicos que protagonizaron epopeyas de valor y resistencia como el Buck de Jack London, el Rin tin tin de los tebeos o la Laika del Sputnik. Perros icónicos de la cultura popular, el Pluto de Disney, el Snoopy de los peanuts. Perros cazones y perros guardianes que se ganaban el jornal con esfuerzo y con heridas y por ello eran recompensados.
Dicen que el perro es el amigo más antiguo del hombre pero habría que decir más bien el parásito. Ha sido sin duda el más espabilado del bosque porque arrimándose al sapiens ha mejorado con creces su modo de pasar por este mundo. Pero solo los que se ganaban su condumio como auxiliares de caza o protectores de heredades, se aseguraban ese privilegio. En los tiempos que pasaron porque todo es diferente en los que corren. Hasta el caniche más idiota es, hoy día, estrella de hogar, vedette de plató o prima donna de perrera. Sus amos, no se sabe si por moda o de corazón, los aman y veneran, como lares y penates del hogar. Así que los canes de ahora crecen como niños caprichosos a los que todo les es permitido. Tener un perro es tan fácil como tener una bicicleta. Y millones de ociosos, a falta de bebés a los que criar (que es tarea muy dura de llevar) se contentan con criar un can.
Se tienen, más bien, para conjurar soledades, para remediar frustraciones, para entretener a la prole o para facilitar los encuentros de parque. Y tanto aprecian y estiman los amos y amas a sus mascotas que gastan, y gastan con gusto, una parte de sus dietas y sus sueldos para ellos. Y le regalan con huesos para jugar, con mantitas para arroparse, con bacinillas donde orinar y hasta con pantallas para ver la TV. Pero pocos son los dueños/as que se preocupan de evitar que sus mascotas sean malestia para sus vecinos.
Se dejan en terrazas y balcones, en corrales y solares, en las horas de currelo o en las horas de asueto. Y ladran los pobres, ¿cómo no? ladran, por hambre o ladran por tristeza. Y esos ladridos son como dientes de motosierra para el que tiene que aguantarlos. No les digas a sus amos que les pongan un bozal, te tildarán de inhumano o te llamaran simplemente payaso. Las calles y parques están llenas de jiñotes de cánido que sus amos, aunque obligados, no recogen. No hay segundo en la manecilla del reloj donde no resuene un ladrido en algún punto del ancho mundo. Señor don perro ya tiene más derechos que sapiens sapiens. Y empiezo a pensar que, si existen los aliens, se han disfrazado de perros.