Los extremos se repelen
‘El perfume’ fue un éxito clamoroso. El público moderno se ha hecho tan tolerante a la aberración que todo lo acepta si satisface su mono de adrenalina

A los críticos de arte les encanta parcelar las creaciones artísticas en géneros diferentes, para facilitar su labor de notarios de la creatividad ajena. A los creativos, por el contrato, les gusta transgredir las barreras de géneros porque saben que esos territorios sin explorar son los predilectos del público. Las más grandes creaciones de cualquier disciplina tienen esta impronta genética.
Pero a veces los creativos se pasan, sobrepasan las fronteras, se adentran en lo salvaje... y solo encuentran… desierto. Sin embargo, pueden triunfar entre un público cada vez menos exigente. Que no es que imponga las reglas del arte, como los neoclásicos del XVIII, es que lo acepta todo. Pero hay barreras que son imposibles de cruzar. Hay noes que son noes sin paliativos. La creación artística se puede cultivar en dos únicos huertos: el realista y el fantástico. Dos espacios de ficción con normas muy precisas. El realismo exige verosimilitud, las reglas físicas son frontones inexpugnables, Un caballo no vuela, un tractor no navega, una rana no cocina. El irreal o fantástico. sea de urdimbre mágica, paranormal o teológica, lo permite todo. A cambio exige una mayor imaginación, una mayor exploración para descubrir fronteras nuevas, áreas inéditas. Lo que no es posible es pretender acomodarse a ambos espacios. El señor Spielberg, el que removió los pilares del cine en los 80, (el que los destrozó, más bien) lo hizo en su aclamada saga de Indiana Jones. Proponía aventuras aparentemente realistas, creíbles, verosímiles, pero no le importaba atropellar las reglas naturales con carreras, persecuciones, funambulismos imposibles por las simples leyes de la Física natural. Pero el público, fascinado por la brillante escenografía, por el vértigo hilarante de sus trapacerías, por la tramoya predigital de sus platós, lo aplaudiría todo. Tras él siguió una plaga de imitadores, el más delirante de los cuales es Tarantino. Un epítome de esa tendencia al desprecio a lo verosímil, lo marcó
El perfume de Patrick Suskind. Se propone como drama ultrarrealista con escenografía gore. Engrana una trama negra aparentemente realista y de pronto, en su tramo final se precipita desvergonzadamente en el universo fantástico. Aparece la magia, un perfume es capaz de provocar una reacción multitudinaria en una plaza pública, algo claramente inverosimil. Y, sin embargo, fue un éxito clamoroso. El público moderno se ha hecho tan tolerante a la aberración que todo lo acepta si satisface su mono de adrenalina.