Diario de León

Teresa Fernández

Secretaria De La Secretaría De La Mujer, Derechos E Igualdad  De Upl, Y Concejala  De Upl En El Ayuntamiento De León

¿«Efecto llamada» o violencia estructural?

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Cuando comienzo estas líneas, acabo de asistir a un minuto de silencio por dos nuevas víctimas de la violencia machista. Son tantas y tan seguidas que hay ocasiones que no da tiempo a hacer un minuto de silencio por cada una de ellas.

Escucho con bastante preocupación voces masculinas que cuestionan la efectividad de los minutos de silencio tras el asesinato de una mujer. Voces que manifiestan que estas concentraciones podrían generar un supuesto «efecto llamada»; que asesinos en potencia se vieran alentados por la repercusión mediática de estos actos execrables para llevar a cabo sus propios asesinatos —siempre de su pareja o expareja-. Sabemos, por las investigaciones llevadas a cabo por expertos en violencia de género, que esta idea carece de una base sólida y que acallar los asesinatos tiene consecuencias muy graves. No hay ningún tipo de evidencia que demuestre que la cobertura mediática de estos crímenes o los minutos de silencio, provoquen «imitaciones». El afamado periodista, escritor y profesor universitario, José María Calleja, experto en violencia terrorista y violencia de género, lo explicaba con pocas palabras: «No existe el

efecto llamada en la violencia machista, como tampoco lo había en los crímenes de ETA». Así mismo, un estudio encargado por el Ministerio de Igualdad en 2018, cuyos resultados se dieron a conocer en marzo de 2021, demostró que, pese a la percepción social que hay, no existe ese efecto de imitación entre los asesinos machistas: «No se ha encontrado evidencia sobre la existencia de ninguna agrupación de asesinatos ni de que la ocurrencia de un asesinato por violencia de género en un día cualquiera conlleve un incremento del riesgo en los días consecutivos», reza el informe. Detrás de cada asesinato de una mujer existe una compleja historia de dominio, de aislamiento, de malos tratos físicos o psicológicos, de una sociedad patriarcal en su estructura en la que el hombre siente a la mujer como una de sus posesiones con la que puede hacer lo que quiera, hasta acabar con su vida. Es difícil que un hombre de estas características se deje influenciar por un gesto colectivo de repulsa al comportamiento que haya tenido otro de sus congéneres machistas y asesinos. Lo que sí está comprobado son los efectos negativos de minimizar u ocultar estos asesinatos. Borrar del espacio público los minutos de silencio y no manifestar públicamente la repulsa por los asesinos y por los asesinatos, conllevaría relegarlos al espacio privado, como estuvieron no hace tanto tiempo. El mensaje que se enviaría a la sociedad sería demoledor: las muertes de las mujeres son un asunto privado; pasarían a ser una tragedia que se produce en el espacio doméstico eliminando la base de misoginia estructural y dejarían de ser un problema social. Acallar la repercusión pública del asesinato de una mujer a manos de su pareja normalizaría el terror machista y dejaría de nuevo solas a las víctimas, como ya estuvieron en el pasado. Invisibilizar socialmente la violencia de género debilitaría el sistema de protección que existe en la actualidad, reduciría la presión social que cada vez es más alta —aunque lenta-, y se desactivaría la alerta que en la actualidad existe en el entorno de la maltratada. Aunque quizás, la peor consecuencia de esta invisibilización sería la pérdida de confianza de las mujeres en el sistema para denunciar a sus potenciales asesinos. Porque si la violencia no se nombra y la sociedad no la condena públicamente, el mensaje que reciben las víctimas es que es un problema que deben resolver solas. No hay nada más peligroso que el aislamiento, primer acto al que suelen someterlas sus verdugos. Si, además, las aislara el entorno, volveríamos a décadas pasadas donde las mujeres eran ciudadanas de tercera al servicio de los hombres, sin derechos y sin libertad. Sin memoria colectiva de los problemas, no hay aprendizaje ni avance social. Si no recordamos a las mujeres asesinadas, si no ponemos nombre y rostro a esas vidas rotas y a esas familias destrozadas, el sistema no se ve obligado a mejorar, ni la ciudadanía a exigir respuestas. Ocultar los asesinatos machistas, perpetuaría la idea de que son «cosas que pasan» entre parejas. En un contexto donde los discursos negacionistas crecen, donde algunos cargos públicos —no se les puede llamar «responsables públicos»-, se niegan incluso a pronunciar las palabras «violencia machista» y se escudan hablando de «violencia intrafamiliar», mantener estos gestos de visibilidad es una forma de resistencia democrática. Porque suprimirlos, como ha ocurrido en algunos ayuntamientos, no protege a las víctimas: las borra. Visibilizar los asesinatos machistas cumple una función esencial. En primer lugar, construye un relato preciso: no son muertes al azar, sino asesinatos motivados por la desigualdad y el poder patriarcal. Nombrarlo así permite comprenderlo, prevenirlo y combatirlo. En segundo lugar, reconocer públicamente a las víctimas las dignifica. Evita que queden reducidas a «un número más» o a «una tragedia personal». Además, la visibilidad empodera a las mujeres supervivientes: al ver que la sociedad reconoce el problema, sienten que su denuncia no caerá en saco roto. También moviliza recursos. Cada vez que un asesinato machista ocupa espacio público, se reactiva la exigencia de más medios, más formación, más coordinación institucional. No es casual que, tras los repuntes de violencia, se refuercen las políticas de protección o se evalúen los fallos del sistema. Y solo el escrutinio público, la mirada atenta de la sociedad, puede forzar su mejora. El silencio, en cambio, protege al agresor. Por eso es tan importante mantener una voz colectiva que diga públicamente: «no aceptamos la violencia machista». Los minutos de silencio no son, por tanto, gestos carentes de contenido que se puedan eliminar con facilidad. Son una forma de construir memoria y de reafirmar el compromiso social frente a la barbarie. Nos recuerdan que detrás de cada cifra hay una persona, una historia truncada, una familia devastada. Son actos que nos dicen que, como sociedad, no debemos mirar hacia otro lado. No son solo un homenaje a la víctima. Son la promesa de que nunca vamos a callar.

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