Diario de León

Ricardo Del Pozo Martín

Director De La División De Gestión De Proyectos En La Consultora Internacional Dt Global Europe

Sudán y Nigeria: los conflictos olvidados que retratan al mundo

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Sudán y Nigeria pertenecen a la segunda categoría. Dos puntos calientes que apenas aparecen en nuestros medios, pero que explican como pocos la forma del siglo XXI: fragmentado, violento y siempre movido por el control de los recursos.

En Sudán, la guerra no estalló de repente. Se abrió como una grieta lenta. Tras la caída de Al Bashir en 2019, el gobierno civil-militar fue un equilibrio imposible. El ejército regular (SAF) y las fuerzas paramilitares surgidas de Darfur (RSF) aceptaron compartir poder… hasta que llegó el momento de unificarlas. Nadie cedió. En abril de 2023, un choque en Jartum encendió una guerra total.

Hoy Sudán es la mayor crisis humanitaria del planeta: más de 13 millones de desplazados, ciudades vaciadas, hospitales a oscuras, dos ejércitos devorando lo que queda del Estado.

Lo que parece una guerra civil más, es un tablero global de sombras.

Las RSF controlan minas de oro que terminan en Rusia. Oro que financia a Moscú y esquiva sanciones. A cambio, Wagner —rebautizado como África Corps— envía armas, instructores y rutas.

Los Emiratos son el principal respaldo externo de las RSF: armas ligeras, financiación, logística vía Chad.

El SAF, por su parte, recibe drones Bayraktar TB2 desde Turquía, canalizados a través de Egipto.

Estados Unidos sanciona, presiona e intenta impedir que Rusia obtenga una base naval en Port Sudan, llave del mar Rojo.

Europa, mientras tanto, multiplica esfuerzos humanitarios. Y descubre, tarde, que la influencia no se adquiere condenando una guerra, sino compitiendo en el tablero.

Nigeria es otra historia. Una más silenciosa. Más compleja. Más incómoda. Si Sudán es un Estado que se desmorona, Nigeria aguanta. A duras penas.

El país más poblado de África —223 millones de habitantes hoy, más de 375 en 2050— vive atrapado en un torbellino de violencia.

En el noreste, Boko Haram y su rama del Estado Islámico asaltan aldeas, carreteras y mercados. En el noroeste, bandas armadas actúan como señores de la guerra, secuestran, extorsionan, negocian treguas y rompen todas.

En el delta del Níger, el petróleo —del que depende medio Estado— alimenta una economía de sabotajes, reyezuelos y milicias. En el centro, los choques entre pastores y agricultores forman una frontera salvaje que causa miles de muertos al año, y a nadie le importan.

Y aun así, Nigeria no aparece en los debates europeos porque en Occidente solo reaccionamos cuando un conflicto nos roza la puerta. Pero si Nigeria se rompe, medio África se hunde con ella: petróleo, gas, los corredores Lagos–Abuja–Kano, la estabilidad del Sahel.

Sudán y Nigeria, juntos, explican algo más grande que sus guerras: la historia de un mundo sin árbitro. Un sistema multilateral incapaz de frenar a actores híbridos, milicias privatizadas, economías criminales y potencias intermedias.

Rusia compra oro a milicias.

Turquía vende drones a cualquier bando que pueda pagarlos.

Los EAU financian facciones rivales.

Estados Unidos intenta contener.

China hace negocios en la penumbra.

Europa convoca mesas de diálogo.

Y la realidad avanza sin nosotros.

Pero hay algo que esta historia deja claro: África no está olvidada. Está disputada.

No es un continente abandonado, sino un continente en el que todos quieren un pedazo.

Sudán y Nigeria no son conflictos periféricos: ahí se juega más del futuro europeo de lo que muchos piensan.

En un mundo que se fragmenta, la distancia entre Europa y África no se mide en kilómetros, sino en comprensión.

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